Pasada ya la etapa difícil y de baja productividad en nuevas terapias médicas, las compañías farmacéuticas internacionales enfocadas a la innovación encuentran nuevos caminos para dar con los tratamientos del futuro.

La mayor dificultad para desarrollar terapias realmente innovadoras, aunado a una regulación más estricta de los países, ha implicado mayores costos; las millonarias inversiones en investigación y desarrollo no han estado redituando como en décadas anteriores. Pero hoy las llamadas Big Pharma están encontrando nuevas formas para seguir innovando y ahora con medicina de precisión, es decir, más específica y dirigida hacia el blanco de la enfermedad. Hace unos días estuvo en México Pol Vandenbroucke, el investigador cuyo equipo logró dar con la atorvastatina, la primera molécula con la que se logró controlar el colesterol y que terminó siendo para la megafarmacéutica Pfizer el medicamento más redituable de toda su historia. Hablamos de Lipitor, la gran estrella que significó para Pfizer miles de millones de dólares de ingresos, al grado de que llegó a representar una cuarta parte de sus ganancias anuales. Por lo mismo, cuando se acabó la patente y salieron los genéricos, sufrió un fuerte desplome de ganancias.

Pol Vandenbroucke -quien hoy es el líder regional en Asuntos Médicos para Pfizer Norteamérica- se niega a ser llamado el padre de Lipitor, pues dice que fueron muchos investigadores quienes participaron en el desarrollo del medicamento, pero se reconoce muy afortunado al ser parte de una molécula tan exitosa como la atorvastatina, que pasará a la historia como uno de los medicamentos más relevantes de la medicina moderna.

Lo que Pol nos hace ver es que hay una alta tasa de fracasos en medicina antes de lograr un éxito y esos casos frustrantes normalmente no son vistos ni dimensionados.

La investigación clínica, dice, es la parte más riesgosa y costosa; toma entre 10 y 15 años desarrollar un medicamento e invertir entre 1,000 y 2,000 millones de dólares. Son inversiones de riesgo muy importantes para cualquier compañía, incluso para la megafarmacéutica Pfizer, contó Vandenbroucke en una plática con periodistas mexicanos.

Originalmente, por un medicamento que sale al mercado se necesita descubrir entre 5,000 y 10,000 compuestos, de ellos sobreviven unos 250 en las pruebas con animales y sólo cinco en realidad entran a fase clínica para probar en pacientes, y de éstos cinco finalistas, sólo uno es el que llega al mercado.

A Vandenbroucke le pasó con una investigación para la malaria, enfermedad causante de muchas muertes en África; tal desarrollo se ha dejado de lado sin llegar a ser terapia. Los resultados de ese tipo de investigaciones no son vistos como exitosos, porque no derivan en ganancias, pero sí significan mucho valor para la ciencia.

Hoy se vislumbran oportunidades importantes. El conocimiento de la decodificación del genoma humano, hace ya 10 años, apenas empezará a redituar en medicina, dice el experto. Pero la estrategia para nuevos desarrollos es muy diferente y bajo plataformas bien diferenciadas (vacunas, fármacos, diagnóstico, etcétera). Antes Pfizer, dirigida en México por Aldo Rees, tenía un enorme centro de investigación en Inglaterra donde concentraba la mayoría de sus desarrollos; ahí apostaba todo. Ahora se alía a proyectos de universidades en Cambridge, en Boston, en San Francisco, y envía a sus investigadores a muchos centros académicos.

Una cosa es cierta: hay mucho conocimiento en la academia, pero quien de verdad sabe cómo convertirlo en productos para el paciente es la industria farmacéutica. Aparte, este sector hoy se alía con empresas de tecnología de información, de biotecnología, con otras farmacéuticas, con fondos de capital de riesgo y con otras industrias que aparentemente no tendrían nada que ver con medicina pero sí.