Recuerdo a Faulkner que recuerda a Macbeth, la Cuarta Transformación no son más que los gritos destemplados de un idiota, llenos de ruido y de furia, que nada significan. En su megalomanía se creyó predestinado para un destino glorioso, para salvar a la patria del invasor extranjero que nunca arribó a nuestras costas, para encauzar al tigre que sólo existía en su imaginación, para morir en una batalla épica contras las fuerzas del maligno. Inventó tantos enemigos como pudo y se martirizó siempre, sabiendo que este pueblo guadalupano adora a aquellos que mueren por una causa imposible y desprecia a los que triunfan. Traumas de la conquista que nos han hecho olvidar que los mexicanos éramos conquistadores para que el universo pudiera seguir girando. Insistió tanto en que él era honesto, él no mentía, él tenía la solución para cada problema, él, él, él, que acabó convenciendo a una mayoría desencantada y cansada. Sabían que mentía, pero querían creerle. Querían creerle porque era un perdedor, igual que ellos, y era injusto que perdiera, del mismo modo en que era injusto que ellos perdieran siempre. Contra eso no había razón alguna que pudiera hacerlos cambiar de opinión. Votaron por odio y con rencor, sin importar las consecuencias. Un salto al vacío del rebaño siguiendo a su pastor.

Pero sucedió algo que los guadalupanos no perdonan: triunfó. Y con el triunfo viene el pago de las promesas hechas. La gesta heroica se encontró con la necesidad de administrar un país y no tiene la menor idea de cómo hacerlo. Él no ve a los demás. Él se ve desde fuera de los libros de texto futuros en los que se hablará de su grandeza, del amor que el pueblo le profesaba, de cómo, después de él, se instauró el reino de Dios en la tierra y cantarán alabanzas en su nombre. Los más sensatos del gabinete tratan de explicarle aspectos elementales de economía, derecho y administración pública, pero él no los escucha. Él se mantiene en la ensoñación. Debe acelerar el cambio. Hay poco tiempo para pasar a la historia. Donde el Che falló, él, con la ayuda de Jesucristo, triunfará. Donde Salvador Allende dejó el estandarte de la liberación de América, él lo levantará. Él no cometerá el error de confrontarse con Estados Unidos. A ellos, lo que pidan.

Mientras la pandemia del Covid 19 empieza ya a saturar el sistema de salud, nosotros recordamos que él sacó estampitas y amuletos protectores en lugar de comprar respiradores y equipos para los médicos y enfermeras que arriesgarán su vida para salvar la de otros. Cada muerto se cargará a su cuenta. Mientras el país se hunde en la más grave crisis desde 1934, él sigue viendo refinerías y trenes y aeropuertos en los libros de texto del futuro. Su secretario de Hacienda ve millones de desempleados; él dice que ve 2 millones de nuevos empleos en el 2020. “Me vino como anillo al dedo”, piensa, “con más desempleados y más dinero repartido por mí en efectivo, más votos y menos obstáculos para imponer el gobierno de los pobres para los pobres”. La democracia de partidos es una farsa. Desde ahora, sólo consultas directas al pueblo.

En el otro lado del país, aún en la oscuridad, el tigre, ahora sí, afila sus garras.

Gerardo Soria

Presidente del IDET

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Abogado especialista en sectores regulados. Presidente del Instituto del Derecho de las Telecomunicaciones (IDET). Doctorando en letras modernas en la UIA.