Luis García Montero definió a Rubén Bonifaz Nuño, el gran poeta fallecido ayer en la noche, como un maestro en la trascendencia en lo perecedero, de la modesta eternidad de lo cotidiano .

Hace apenas unos días, el Fondo de Cultura Económica publicó una magnífica colección antológica de tres volúmenes que estaba yo revisando para ofrecerles, queridos lectores de este blog, un comentario invitándolos a que abandonaran este medio electrónico y se empapelaran en la lectura del poeta.

Ahí, en el libreto que sirve de prólogo a la obra, leo la frase de García Montero. Y también esta otra: La palabra del poeta es una respuesta a la destrucción, una apuesta creativa para fijar los instantes de la fugacidad .

Y entonces recuerdo una imagen de juventud de don Rubén.

Mi padre (que no era tal pero que desempeñó con cierto decoro ese papel) solía juntarse una vez al mes a comer con Bonifaz, quien aún conservaba algo de vista en ese entonces, y el también poeta Alí Chumacero. Y una o dos veces me invitó.

Chumacero, por cierto y también escrito por García Montero, decía al comparar su obra con la de Bonifaz: Yo llegué a una perfección; él ha llegado a varias .

Adolescente y torpe, tardé años en valorar aquellas comidas en las que los tres viejos (el del papel de mi padre era por mucho el más joven de la reunión cuando no iba yo), dos poetas y un historiador, se decían chistes tontos e impertinencias, groserías y finísimos albures o francas procacidades. Me pareció divertido y un poco lastimoso, los viejos eran ya entonces muy viejo, pero sin duda tenía mejores cosas que hacer y jamás pedí que me volvieran a invitar.

Desde hace años lo lamento, y más desde hace unos días que empecé a leer Poesía completa de Bonifaz. ¿Por qué entonces no habré leído un par de versos suyos y de Alí antes de ir a conocerlos? ¿Por qué llegué a ver solo un par de ancianos que buscaban muchachas bonitas en las mesas vecinas?

La juventud es una disculpa pobre. La estupidez no me disculpa pero es una explicación más acertada.

Transcribo aquí el segundo soneto del primer libro (La muerte del Ángel, 1945) de don Rubén Bonifaz, un soneto que podría haber leído antes de conocerlo.

Flor inmóvil, perfecta, me alucina

en el aire tu imagen liberada.

Sigue el ritmo el poema. Insospechada

es tu presencia rosa repentina.

En el umbral del corazón se afina

el sentimiento; todo está, y es nada

la música que dije limitada

y tu estancia en mis horas determina.

Como tú eras de nadie, te detuve,

y fue tu voz de cielo a cielo nube

donde cuerpo y amor son destruidos.

Retengo solamente luz vacía;

te amo y estoy sin ti. Ven, poesía.

La soledad te busca en mis sentidos.

Cito, por último, un verso del mismo libro. Uno que, ahora que han muerto Bonifaz, Chumacero, mi padre que no era tal y, en este aciago día, tantas personas en una tremenda explosión, no me conforta con la muerte ni me da consuelo. Me hace llorar, pero también me da fuerza y me deja menos solo.

Canto. Toda mi sangre viene amanecida.

Toda mi voz se vuelve hacia el futuro

Y tengo en mí la llama de tu vida.