El presente es Italia, pero el futuro mira hacia la Unión Europea.

El presente es el hartazgo de la clase política italiana, pero el futuro ya no podrá soportar la nula empatía de los burócratas europeos con su gente.

El presente de Italia ya lo vivió Grecia en el pasado cercano.

El dilema en Italia y Grecia es: democracia o eurocracia. Lamentable planteamiento e inimaginable para los fundadores del modelo político más exitoso del siglo pasado: la Unión Europea.

Democracia y Unión Europea viajaban sobre el mismo riel; los fundadores del modelo político nunca se imaginaron que ambos viajarían en carriles paralelos en el 2018.

Ni Jean Monnet, Robert Schuman ni el italiano Alcide de Gasperi se toparon con Merkel, Barroso o Juncker.

Un cómico como Beppe Grillo gestionó el malestar de los italianos por la política y logró uno de cada cuatro votos en las elecciones generales del 2013; un año después, en las elecciones europeas, su formación política obtuvo el segundo puesto.

Hace tres meses, el Movimiento 5 Estrellas, con Luigi di Maio al frente, se convirtió en el partido más votado en Italia.

¿Qué hizo la Unión Europea para impedir la insurrección silenciosa de los que no quieren saber nada de Forza Italia de Berlusconi y/o del Partido Demócrata?

El 24 de octubre del 2011, Merkel y Sarkozy pidieron a Berlusconi una serie de reformas para impedir que el italiano solicitara un rescate a la Unión Europea. Tres semanas después, el 11 de noviembre, Berlusconi renunció por la ausencia de apoyos en el Parlamento.

La escena se repitió con Tsipras, el primer ministro griego. Su ministro, Yanis Varoufakis, se auto inmoló en uno de sus viajes a Bruselas al presumir que Grecia no asimilaría las propuestas de la Unión Europea. Tsipras protagonizó una obra de teatro griego preguntando a la gente, vía referéndum, si estaba o no de acuerdo con las reformas que Bruselas le pidió. El coro dijo que no. Acto seguido, Tsipras despidió a Varoufakis e implementó el plan de recorte de gasto público propuesto por Europa.

El valor de la Unión Europea es incuantificable. Su objetivo, impedir la guerra en el viejo continente, no debería disgustar a nadie. Sin embargo, ya han pasado seis décadas desde su nacimiento. Los valores sobre derechos humanos y cohesión social deben ser inalterables. Pero algo sucede con el liderazgo actual de Angela Merkel, la canciller que controla las llaves del banco Central Europeo. En efecto, Merkel ya perdió liderazgo.

La disciplina sobre el nivel de gasto debe ser rigurosa como ejemplar. Sin embargo, la demografía europea (como la de todo el mundo) se topa con varias revoluciones, una de ellas es la tecnológica donde la sustitución de trabajadores por robots está cambiando la ecuación de riqueza personal.

Un segundo elemento de la actual crisis europea es la incapacidad para asimilar a los miles de inmigrantes que escapan de la guerra civil siria. Esta crisis ha detonado el odio, principal materia prima para partidos como La Liga italiana, el segundo partido más votado en las recientes elecciones.

La reforma tiene que venir de Bruselas, no de Roma.

Fausto Pretelin

Consultor, académico, editor

Globali... ¿qué?

Fue profesor investigador en el departamento de Estudios Internacionales del ITAM, publicó el libro Referéndum Twitter y fue editor y colaborador en diversos periódicos como 24 Horas, El Universal, Milenio. Ha publicado en revistas como Foreign Affairs, Le Monde Diplomatique, Life&Style, Chilango y Revuelta. Actualmente es editor y columnista en El Economista.