Entre el agua espumosa que corre hacia la coladera y la escalera al cielo, sumergirse en Roma es vivir una experiencia emocional y visual de gran intensidad y belleza.

La más reciente película de Alfonso Cuarón ha recibido ya elogiosos comentarios de plumas más expertas y acumulado importantes premios; esta columna busca más que nada invitar a disfrutarla en pantalla grande, aun cuando las salas de exhibición, por desafortunadas políticas comerciales, sean restringidas. Pocas experiencias cinematográficas tan sutilmente intensas como ésta: el público queda imantado a la pantalla mientras corren los créditos; sólo cuando las luces se encienden empieza a romperse el hechizo.

Roma demuestra el poder del cine para fascinar y conmover. Fascina por la belleza de su fotografía, su extraordinaria factura y la parquedad, aparente al menos, de sus recursos, ajenos a los efectos especiales, con una cámara que se detiene y amplía el curso lento del tiempo o muestra la febrilidad de la excitación, la violencia o la angustia, sin estridencia. Fascina y con-mueve por la configuración de los personajes, con vidas simples e intensas, cuyas miradas, rostros o formas de moverse y caminar dicen más que muchas palabras, si bien éstas son también esenciales en una trama sencilla que entreteje la vida de una familia de clase media con la vida social y política en la Ciudad de México a inicios de los años 70.

A veces las películas que reconstruyen un pasado vi-vido inspiran nostalgia. Tal vez entre quienes éramos niños o jóvenes en esa época la reconstrucción del ambiente, los objetos cotidianos, las golosinas, la música, las películas, y la aparente tranquilidad citadina de entonces, pautada por los gritos y sonidos de figuras ambulantes que se han ido perdiendo, despierte, en efecto, recuerdos de infancia o sueños de juventud. Roma, desde luego, no apela sólo a este público, ni a este sentimiento. Cuarón no idealiza la vida social de su infancia. La presencia recurrente de propaganda política oficial que precede a la violencia represiva del 10 de junio del 71 —y estalla en una secuencia magistral—, recrea el contexto asfixiante de un régimen político autoritario, demagógico y falaz. El machismo, la superficialidad de ciertos grupos sociales, la desigualdad y la miseria no son tampoco dignos de añoranza, menos aún cuando persisten, con otros matices, medio siglo después.

Homenaje a su nana, a quien está dedicada, Roma puede interpretarse como un homenaje a la fortaleza y a los afectos. La fuerza interior de Cleo, la nana en la película, expresada en su mirada tierna y curiosa, en su rostro tranquilo, serio o angustiado, en su porte y cadencia, sostiene no sólo al niño a su especial cuidado sino a la familia entera que, así, no atraviesa sola la crisis. La solidaridad entre mujeres que se descubren o se saben solas, engañadas, se transmite en gestos y miradas, y sobre todo en el actuar sereno y valiente de quien sabe transmitir cariño y sabiduría pese a sus propias pérdidas y penalidades. Lejos estamos de los estereotipos y cursilerías al uso.

La extraordinaria actuación de Yalitza Aparicio transmite una profundidad vital que hace de Cleo más que una personaje, una mujer excepcional. Cleo mira, observa con curiosidad o extrañeza, disfruta el paisaje, comprende; consuela o anima con palabra y canto, transmite en sus silencios y gestos determinación y paciencia; sufre sin fatalismo, enfrenta a los elementos, salva y preserva al ser y estar.

Al crear un personaje entrañable sin sentimentalismos y reconstruir la ciudad de su infancia sin cargar los tonos; al aludir a la crisis matrimonial con la carga de silencios que suponía entonces y configurar una familia común y corriente con intensidad afectiva y sobriedad, al destejer y reconstituir los lazos afectivos sin concesiones ni excesos emotivos, Cuarón recupera el sentido esencial del contar. Hacerlo a través de una película sutil, visualmente extraordinaria, reafirma el poder del cine para conmover y transformar.

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LucíaMelgar

Crítica cultural

Transmutaciones

Es profesora de literatura y género y crítica cultural. Doctora en literatura hispanoamericana por la Universidad de Chicago (1996), con maestría en historia por la misma Universidad (1988) y licenciatura en ciencias sociales (ITAM, 1986).