China es una superpotencia emergente. Estados Unidos es el gran poder actual. El potencial de que se produzcan conflictos destructivos entre los dos gigantes no parece tener límites.

China es rival de Estados Unidos en dos ámbitos: el poder y la ideología. El creciente poder de China, económico y político, es evidente. Según el Fondo Monetario Internacional, su producto interno bruto (PIB) per cápita en el 2017 ascendió a 14% del de Estados Unidos a precios de mercado y a 28% a paridad de poder adquisitivo, frente a 3 y 8%, respectivamente, en el 2000.

China es ya un mercado para las exportaciones mucho más importante que Estados Unidos para muchos países destacados, especialmente en el este de Asia. Además, China está invirtiendo una proporción casi tan grande del PIB en investigación y desarrollo como importantes países de altos ingresos. Esto es un motor de la innovación china y pude verlo recientemente en una visita a la sede de Alibaba en Hangzhou. Además, la combinación del tamaño económico con la mejora de la tecnología está convirtiendo a China en una potencia militar cada vez más formidable. Estados Unidos puede quejarse al respecto, pero no tiene derecho moral a hacerlo.

También lo es el derecho a desarrollarse. Estados Unidos puede quejarse hasta la extenuación del robo chino de propiedad intelectual. Pero todas las naciones en desarrollo, incluido Estados Unidos en el siglo XIX, aprovecharon las ideas de otros y edificaron sobre ellas.

La idea de que la propiedad intelectual es sacrosanta también es errónea. Es la innovación lo que es sagrado. Los derechos de propiedad intelectual ayudan y perjudican a ese esfuerzo. Hay que alcanzar un equilibrio entre los derechos demasiado rígidos y demasiado abiertos. Estados Unidos puede intentar proteger su propiedad intelectual. Sin embargo, cualquier idea que dé derecho (o que sea capaz) de prevenir que China innove para alcanzar la prosperidad es disparatada.

China también es un rival ideológico de Estados Unidos, en dos sentidos. Posee lo que podría llamarse una economía de mercado planificada. También tiene un sistema político poco democrático. Por desgracia, los recientes fallos de economías de libre mercado de altos ingresos han realzado lo primero.

La elección de Donald Trump, un admirador del despotismo, ha reforzado el atractivo de lo segundo. Estados Unidos, se habría dicho en otro momento, goza también del beneficio de aliados poderosos y comprometidos.

Por desgracia, Trump les está declarando una guerra económica. Si una decisión de atacar Corea del Norte llevase a la devastación de Seúl y Tokio, las alianzas militares de EU se habrían terminado. Una alianza no puede ser también un pacto de suicidio. Va a resultar difícil lidiar con la competencia entre estas dos superpotencias.

No está claro cómo resolver los conflictos actuales en materia de comercio. La cooperación sobre la gestión de las áreas comunes globales ya ha colapsado, dado el rechazo de la administración Trump a la propia idea del cambio climático. El futuro de China depende de China. Pero las relaciones de Occidente con China dependen de Occidente. Estados Unidos tiene razón al insistir en que China cumpla con sus compromisos. Pero también deben hacerlo Estados Unidos y el resto de Occidente.