El viernes de la semana pasada los mercados le dieron la bienvenida a junio con una caída importante, cerrando en su nivel más bajo desde principios de febrero.

El Dow Jones cerró por debajo de 10,000 puntos por apenas la segunda vez desde noviembre del 2009, acumulando una caída de 4.7% en lo que va del 2010 y de 11.4% desde su máximo del 26 de abril.

Como hemos comentado en ediciones anteriores, el débil desempeño es resultado de una crisis de desconfianza detonada por lo que está sucediendo en Europa en combinación con la creciente percepción de que la recuperación económica podría enfrentar obstáculos importantes.

Las razones están más que claras, pero donde existe incertidumbre es en las consecuencias que el comportamiento de los mercados podría tener en la economía real. Hay quienes opinan que los principales índices están tomando sólo un descanso momentáneo para llegar pronto a nuevos máximos. En este escenario, la corrección de los mercados sería consecuencia de un pánico pasajero y el impacto en la economía real sería nulo.

Por el otro lado, hay quienes temen que el impacto de la crisis financiera podría exacerbar la caída de los mercados, mermando la confianza de los agentes económicos y desatando una nueva crisis en la economía real. El contagio a la economía real tendría una segunda ronda de efectos en los mercados, metiéndonos en un círculo vicioso y provocando una reedición de lo ocurrido en el 2008-09.

Aunque actualmente el nivel de incertidumbre es muchísimo menor al del 2008-09, también debemos reconocer que las autoridades financieras tienen mucho menor campo de acción que en ese entonces.

En el 2008-09, las autoridades financieras tenían un arsenal de opciones de política económica para restablecer la confianza en los mercados y estimular la economía.

Por el lado de estímulos fiscales, sería muy complicado pensar en una nueva ronda tomando en cuenta la endeble situación de las finanzas públicas de la mayoría de los países del mundo desarrollado.

Mientras que por el lado de los estímulos monetarios, los bancos centrales no tienen mucho espacio para seguir bajando las tasas de interés, ya que éstas están prácticamente en cero y tampoco pueden seguir comprando activos en los mercados porque sus balances ya tienen un tamaño muy considerable.

Siendo pragmático, lo más probable es que ninguno de los dos escenarios extremos descritos aquí se materialice y que el mercado siga muy volátil, con mayor probabilidad de marcar una tendencia a la baja, pero sin llegar a un escenario catastrófico.

Hasta este momento existe poca evidencia para concluir que la corrección en los mercados financieros podría traducirse de manera directa en una corrección económica considerable.

Sin embargo, no es descabellado afirmar que la crisis de confianza sí le está pasando factura al dinamismo de la recuperación global. Hasta ahora, el daño tangible se encuentra en Europa, donde el crecimiento se verá seriamente afectado por los ajustes fiscales.

La tarea del inversionista se debe centrar en identificar las economías que son menos vulnerables a una desaceleración de Europa y cuya situación fiscal se encuentra robusta. Curiosamente, México cumple con estas características.

En el 2009 México fue un mercado poco atractivo por su incapacidad para implementar políticas contracíclicas para amortiguar la recesión. Esta incapacidad se debió a la debilidad estructural para generar ingresos fiscales por parte de nuestro país.

A diferencia de otros países con una mayor capacidad recaudatoria como Brasil, México no podía apostar a un creciente déficit público para aumentar el gasto y estimular la economía.

La decisión fue sumamente criticada en su momento, pero si México hubiera sucumbido a la tentación de incrementar su déficit público, hoy estaríamos sufriendo con el mismo estigma que Grecia, España, Italia y Portugal.

La prudencia en el manejo de las finanzas públicas, en un marco fiscal sumamente deficiente, ha sido un acierto, aunque a veces implique sacrificios importantes en términos de crecimiento. A México le urge una reforma fiscal para poder tener más herramientas de política económica para amortiguar las consecuencias de crisis futuras.