Todos conocemos la posición proteccionista del presidente Trump y de su delegado en materia de comercio exterior, el señor Lighthizer, que se ha reflejado en una obsesión por el déficit comercial y la imposición de aranceles a Raimundo y todo el mundo. Aranceles a China, a México, a la Unión Europea, a Japón y a todo país que muestre una balanza superavitaria.

Las consecuencias son, desde luego, medidas retaliatorias, ya que sólo unos pocos han recurrido a la OMC a reclamar la ilegalidad de los aranceles impuestos.

Pero esta embestida es sólo una arista de esta ola proteccionista. Primero le tocó el turno a la Alianza Transpacífica, un acuerdo por el cual 11 países lucharon durante varios años con miras a neutralizar la influencia de China en el comercio transpacífico favoreciendo fundamentalmente a Estados Unidos, lo que resultaba ser una estrategia comercial mas inteligente que imponer aranceles e iniciar una guerra comercial.

Luego vino el Nafta que ha sido uno de los acuerdos de comercio mas exitosos en términos de lograr promover flujos de comercio e inversión y de construir encadenamientos productivos haciendo que las economías de México, Estados Unidos y Canadá fuesen mas eficientes. Ésta será una negociación difícil en razón a la pretensiones de Estados Unidos.

En efecto, no es una negociación fácil porque lo que verdaderamente quiere Estados Unidos es acabar con el tratado. Así lo demuestran las pretensiones estadounidenses que se han concentrado sobre tres puntos que harían poco viable la eficiencia de este acuerdo.

En primera instancia una renegociación de las normas de origen, lo que quiere decir que la eficiencia de los encadenamientos globales en la fabricación y/o ensamble de vehículos que ha posicionado a México como uno de los grandes jugadores del sector automotriz global se iría al traste.

En segunda instancia una pretensión de temporalidad en el tratado; es decir, que éste esté sometido a revisión cada cinco años. Aceptar una condición de esta naturaleza equivale a la inestabilidad jurídica total, ya que nadie invierte sabiendo que cada tanto habrá cambio de reglas.

Y, finalmente, una cláusula laboral que busca que la competitividad propia de salarios menores en estos países desaparezca. Productividad, desarrollo tecnológico y costo de vida de país emergente con salarios de país rico. Eso no es viable.

Que Colombia se beneficiará del resultado de estas negociaciones no pasa de ser más que una vana ilusión. Ya anunciaron las autoridades del norte que con ocasión de ingreso de nuestro país a la OCDE será necesaria una “modernización” de nuestro tratado.

Y viendo que pasa en México sabemos qué nos viene pierna arriba. Renegociación de normas de origen que impedirá que Colombia sea plataforma productiva para otras naciones que quieran entrar al mercado gringo.

Temporalidad del acuerdo que nos lleva a las épocas del Apdea y cláusulas laborales más estrictas que las que ya tenemos. Tenemos que estar alertas y nuestro nuevo embajador Don Pacho Santos deberá estar preparado para cuando nos toque el turno de pasar al banquillo proteccionista del presidente Trump.