La crisis del coronavirus parece estar acelerando un cambio hacia el teletrabajo. Sin embargo, en lugar de dar la bienvenida a la muerte de la oficina como centro laboral, las empresas deberían diseñar su renacimiento, en una forma que fortalezca su mayor activo: la capacidad de fomentar “lazos sociales débiles”.

BOSTON - El mes pasado, el CEO de Twitter, Jack Dorsey, anunció que la compañía permitiría que sus empleados, quienes actualmente trabajan desde su hogar debido a los actuales protocolos de distanciamiento social, permanezcan allí para siempre. Varias grandes empresas más, desde Facebook hasta la automotriz francesa PSA -fabricante de Peugeot, entre otras marcas- han seguido el ejemplo con planes de mantener muchos más empleados en casa después de que termine la crisis del Covid-19. ¿Será la oficina otra víctima de la pandemia?

En cierto sentido, la muerte de la oficina ha tardado en llegar. En la década de 1960, el futurista estadounidense Melvin Webber predijo que el mundo alcanzaría una “era posterior a la ciudad”, en la que “podría ser posible ubicarse en la cima de una montaña y mantener un contacto íntimo, en tiempo real y realista con los negocios u otros asociados”.

Durante el despegue de las puntocom, a fines de la década de 1990, el auge de las compañías basadas en Internet hizo que el futuro pareciera más cercano que nunca. Como lo expresó la periodista británica Frances Cairncross en 1997, Internet significaba la “muerte de la distancia”. Una vez que la distancia no importa, la lógica se va, las oficinas, y, por extensión, las ciudades, se vuelven irrelevantes.

Puede parecer que estamos llegando a este punto. Durante la pandemia, desde presentadores de noticias hasta trabajadores de oficina, realizan trabajos que alguna vez se pensó que necesitaban un lugar de trabajo compartido. A pesar de todo y más allá de los avances en las tecnologías de comunicación, cualquiera que haya estado en una llamada grupal en la plataforma Zoom sabe que relacionarse con colegas de forma remota sigue siendo a menudo mucho más difícil que reunirse cara a cara.

El problema es más profundo que los periodos de tiempo “muertos” o las interrupciones de niños pequeños. Como argumentó el sociólogo Mark Granovetter en 1973, las sociedades en funcionamiento están respaldadas no solo por “lazos fuertes” (relaciones cercanas), sino también por “lazos débiles” (conocidos casuales). Mientras que los lazos fuertes tienden a formar redes densas y superpuestas (nuestros amigos cercanos a menudo son amigos cercanos entre sí), los lazos débiles nos conectan con un grupo de personas más amplio y diverso.

Al unir diferentes círculos sociales, es más probable que los lazos débiles nos conecten con nuevas ideas y perspectivas, desafiando nuestras ideas preconcebidas y fomentando la innovación y su difusión. Y aunque el videochat o las redes sociales pueden ayudarnos a mantener nuestros lazos fuertes, es poco probable que produzcamos nuevos, y mucho menos que nos conecte con tantas personas de fuera de nuestros círculos sociales: baristas, compañeros ocasionales de viaje en el transporte público, colegas con quienes no trabajamos directamente, y así sucesivamente.

Un análisis de los datos de estudiantes, profesores y administradores del MIT durante la pandemia parece confirmar lo anterior. Mis colegas y yo construimos dos modelos de la misma red de comunicación: uno que muestra las interacciones antes del cierre del campus y el otro que muestra las interacciones durante el cierre.

Los resultados iniciales, que aún necesitarán validación adicional y revisión por pares, indican que las interacciones se están reduciendo y las personas intercambian más mensajes dentro de un grupo más pequeño de contactos. En resumen, los lazos fuertes existentes se están profundizando, mientras que los lazos débiles se están diluyendo.

Quizás en el futuro sea posible imitar la casualidad física y formar lazos débiles en línea. Pero, por ahora, las plataformas en línea parecen estar mal equipadas para hacerlo. Por el contrario, a menudo filtran activamente a individuos desconocidos o ideas opuestas, una función que alimentaba la polarización política incluso antes de la pandemia. Como resultado, nuestras burbujas sociales impuestas por el bloqueo son cada vez más opacas.

Los espacios físicos compartidos parecen ser el único antídoto para esta fragmentación. Las oficinas, que facilitan interacciones más profundas entre conocidos diversos, pueden ser un correctivo particularmente poderoso.

Y, sin embargo, parece poco probable que la demanda de espacios compartidos vuelva a los niveles previos a la pandemia. Las empresas como Twitter que no ven caer la productividad estarán ansiosas por reducir los costos generales. En cuanto a los empleados, nunca llevaría mucho tiempo acostumbrarse a vivir sin largos viajes, horarios corporativos estrictos y un atuendo incómodo en la oficina.

Esto tendrá implicaciones de largo alcance. Incluso una reducción del 10% en la demanda de espacio para oficinas podría hacer que los valores de las propiedades caigan en picado. Pero si bien esto sería una mala noticia para los desarrolladores, diseñadores y agentes de bienes raíces, también podría aliviar las presiones económicas detrás de la gentrificación urbana.

En cualquier caso, se aconseja a las empresas que no eviten las oficinas por completo, tanto por su propio bien (las ideas nuevas, innovadoras y de colaboración son esenciales para el éxito) como para el bienestar de las sociedades en las que operan. En cambio, pueden permitir que los empleados se queden en casa con más frecuencia, mientras toman medidas para garantizar que el tiempo que las personas pasan en la oficina sea propicio para establecer lazos débiles.

Esto podría significar, por ejemplo, transformar los planos de oficinas tradicionales, diseñados para facilitar la ejecución de tareas solitarias, en espacios más abiertos y dinámicos, que fomentan el llamado “efecto cafetería”. (En ninguna parte es más fácil establecer lazos débiles que mientras se almuerza en una cafetería). Pueden seguir rediseños más radicales, con diseñadores que encuentran formas de generar serendipia, como a través de espacios coreografiados, “basados en eventos”.

La crisis del Covid-19 ha demostrado que tenemos las herramientas para mantenernos conectados desde la cima de una montaña, o la mesa de nuestra cocina, para el caso. Nuestro desafío hoy es aprovechar el espacio físico para que podamos descender regularmente de nuestras cumbres aisladas. Eso significa buscar el renacimiento de la oficina en una forma que mejore su mayor activo: la capacidad de nutrir todos los lazos que unen.

El autor

Carlo Ratti enseña en el Instituto de Tecnología de Massachusetts, donde dirige el Senseable City Lab, y es cofundador de la oficina de diseño internacional CRA-Carlo Ratti Associati. Es copresidente del Consejo Económico Mundial del Futuro Mundial sobre Ciudades.

Copyright: Project Syndicate, 2020.

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