Una de las premisas con las que nació la Organización de Aviación Civil Internacional (OACI) fue regular el transporte aéreo y, con base en convenios bilaterales de aviación, negociar las libertades del aire en un marco de real y efectiva reciprocidad. La idea era fomentar el crecimiento del transporte aéreo de una forma equilibrada que, después de la Segunda Guerra Mundial, se hallaba en parte devastado. 

La OACI ayudó a crear una industria floreciente y sin duda que sus principios sirvieron para permitir que el crecimiento del transporte aéreo en el mundo se diera de una forma bastante equitativa donde cada país aspiraba a tener su aerolínea “bandera”, que se volvió aspiracional. Esto funcionó bastante bien hasta fines de los años 70 cuando viene el proceso de desregulación en Estados Unidos y Reino Unido que, a su vez, dio paso a un boom en el que también se inscriben las aerolíneas de bajo costo, y que sin duda permitió un crecimiento muy grande hasta antes de la pandemia. 

En este momento, la industria del transporte aéreo está en una situación muy vulnerable, especialmente en cuanto a la viabilidad de las aerolíneas que han sufrido fuertes golpes como resultado de la pandemia. La crisis económica profundiza los riesgos de quiebra para muchas de ellas y existe la posibilidad de que al final sólo queden unas cuantas empresas dueñas de todo el tráfico, sin ninguna regulación ni rumbo.  

¿Qué hacer para evitar que el mercado solito “regule” lo que parece ser una debacle anunciada? Desde luego, lo primero que debería existir es una clara idea por parte de los estados miembros de la OACI de la situación en la que se encuentra realmente la industria del transporte aéreo. Las ayudas que algunos países destinaron para paliar las consecuencias del primer brote, prácticamente se han agotado y estamos hablando de millones de dólares que, ante el rebrote, parecen diluirse entre los dedos. 

Lo mismo parece ocurrir con las aerolíneas que están fondeándose, ya sea a través de los mecanismos como el Chapter 11 o del mercado de valores: si hay un rebrote y disposiciones de cierre draconianos, como los del segundo trimestre de este año, no habrá dinero que alcance. 

Pero aun cuando esto no ocurra, sí es momento de que exista una intervención decidida de los estados en pro de sus aerolíneas. En primer lugar, para que el tráfico que empieza a recuperarse lo haga de una forma sana y con competencia racional. En un mercado donde antes coexistían tres o cuatro aerolíneas con equipos de 120 o 150 asientos y varias frecuencias diarias, es posible que con el tráfico actual o en el futuro cercano apenas alcance para la mitad de la oferta de asientos.  

En este escenario, algunas empresas apostarán a quebrar a sus competidores para quedarse con todo el mercado haciendo dumping con tarifas ínfimas y después subirlas inevitablemente cuando se queden solos en una ruta. 

Aquí es donde los estados deben intervenir para evitar la depredación, tanto determinando a los jugadores y su capacidad de asientos, como imponiendo tarifas piso e incluso tarifas techo. Suena a vieja receta, pero en estos tiempos es lo que se puede hacer en lo que se nivelan los mercados.