Desde los principios de la crisis en el 2008, una de las principales preocupaciones de los bancos centrales del mundo desarrollado ha sido evitar un escenario de deflación similar a lo ocurrido en la Gran Depresión. Esto ha llevado a los principales bancos centrales, liderados por la Fed, a embarcarse en un experimento de expansión monetaria inédito y de proporciones históricas.

Tanto la Fed como el Banco Central Europeo (BCE) y el Banco de Japón (BOJ) han disminuido sus tasas de interés a niveles históricamente bajos y refrendado su compromiso de mantenerlas ahí por un período prolongado de tiempo. Adicionalmente, estos tres bancos han inyectado cantidades inusitadas de recursos a la economía mediante la impresión de billetes destinados a comprar bonos emitidos por sus gobiernos y, en el caso de la Fed, también para comprar bonos respaldados por hipotecas.

A pesar de estas medidas sin precedente, la inflación en EU y Europa se ubica cerca de mínimos históricos mientras que en el resto del mundo desarrollado sucede algo similar. En condiciones normales, decisiones de política monetaria tan expansiva como la que hemos visto en los últimos cinco años muy probablemente tendrían como consecuencia un repunte importante en la inflación.

El mecanismo de libro de texto nos dice que si un helicóptero se dedicara a arrojar el dinero recientemente impreso por el banco central, los agentes económicos tendrían más recursos disponibles y aumentarían su demanda de bienes y servicios, inevitablemente causando un incremento en los precios de éstos. Sin embargo, para completar el análisis es necesario tomar en cuenta, además de la cantidad de dinero creada, su velocidad de desplazamiento. Por más que los bancos centrales impriman dinero, si los agentes económicos lo guardan en lugar de gastarlo, la velocidad de desplazamiento del dinero en la economía sería cero y por lo tanto no tendría un impacto tangible en la inflación.

El reto que enfrentan algunos bancos centrales es cómo conviven el retiro de estímulos ante un escenario de recuperación económica por gradual que esta sea en algunos casos y la amenaza de la deflación.

En la actualidad vivimos en un mundo donde el helicóptero sigue aventando dinero, pero en cantidades menores cada mes. Aunque parte de este dinero está afectando las decisiones de consumo de los agentes económicos y no se está quedando guardado en una bóveda, el riesgo de deflación sigue siendo tangible en el mundo desarrollado a pesar de la mejoría en la actividad económica.

La baja inflación es en parte consecuencia de razones coyunturales, como la importante cantidad de recursos productivos ociosos en las economías desarrolladas y la disminución en el uso del crédito, pero sobre todo de factores estructurales que la mantienen sumamente contenida. Por un lado, el cambio tecnológico en el sector de gas y petróleo está provocando presiones a la baja en el precio de combustibles y energía. Por otro lado, la globalización y el libre comercio contribuyen a un intercambio de bienes y servicios de manera cada vez más competitiva.

Son estos factores estructurales los que podrían contribuir a que los bancos centrales mantengan las tasas de interés en niveles históricamente bajos y que en casos de muy poco crecimiento (como Europa) podrían permitir mayores estímulos.