En el México de los tiempos del PRI absolutista, que mal copiaba los modelos socialistas del mundo de aquellos tiempos, había cierta razón en mantener un estatus diferente de los trabajadores del Estado que concentraban las principales actividades productivas.

La calle en la que vivo, en la delegación Álvaro Obregón, no ha sido pavimentada en muchos años. Los delegados, afines todos a la corriente de René Bejarano, usan los recursos para otras cosas antes que para dar estos servicios.

El resultado es que las calles están llenas de baches y de parches que las hacen cada vez más intransitables. Pero no se ve en el futuro cercano la posibilidad de que eso cambie, porque Bejarano sabe cómo conservar el poder, incluso después de haber cometido un delito grave.

Veo mi calle y veo la mal llamada reforma laboral que se acaba de aprobar y veo exactamente lo mismo: un parcheo ineficiente a lo malo que hoy existe y un poder político descomunal de los que no quieren que se repavimente desde los cimientos el paso de todos los trabajadores.

Los que quieren que el camino laboral sea una vía con el mejor concreto para que sea moderna y dure, no tienen el valor ni la habilidad política para poder convencer a todos de que es mejor empezar desde la raíz, desde la modificación total del Artículo 123 constitucional para adecuarlo a la realidad del siglo XXI.

Están los que quisieran ver cómo el camino con asfalto se retira para dejar un camino de terracería laboral donde el Estado y las conquistas laborales de los peores años del populismo se afianzan en un país que necesita salir de esos atorones dogmáticos del pasado. Y si no les hacen caso, toman la tribuna.

Y están los dueños de las concesiones de repavimentación sindical que no quieren que se mueva una coma de sus privilegios de supuestos líderes de los trabajadores que lo único que hacen es gozar de un poder y una riqueza altamente ofensiva, pero que resulta en una buena recompensa de votos para el partido que otra vez tiene la mayoría. Lo que acaba de ocurrir en el Congreso durante estos días es el reflejo de lo que veremos durante los siguientes años.

Los senadores serán más prudentes en sus expresiones y posiblemente lograrán avances más profundos de que los que se habrán de conseguir en la Babel de San Lázaro, en donde los usos y costumbres parecen más que consolidados.

Lo primero que debemos lamentar del paquete de cambios aprobados a la ley secundaria que regula las relaciones del apartado A del Artículo 123 de la Constitución es que no es una reforma laboral.

En el México de los tiempos del PRI absolutista, que mal copiaba los modelos socialistas del mundo de aquellos tiempos, había cierta razón en mantener un estatus diferente de los trabajadores del Estado que concentraban muchas de las más importantes actividades productivas del país.

Hoy, más que entrados en este siglo y cuando se han corregido muchas de esas aberraciones del Estado como productor y no sólo como regulador de las actividades económicas, no tiene razón de ser esa división.

Se debió trazar una nueva redacción total del Artículo 123 para que las leyes se pudieran poner a la altura de lo que se necesita. Pero eso no ocurrió en este caso y nos adelanta que no sucederá en otros tantos casos como la educación, el sector energético, el fiscal.

La regulación al outsourcing, como se ha dado en llamar a la eterna subcontratación, los contratos por temporada, de capacitación y por periodo de prueba y hasta el trabajo por hora, son adecuaciones que hace la ley a lo que hoy sucede en el mercado, que van a ayudar a terminar sin duda con muchos abusos.

Un asunto que puede resultar contraproducente es la limitación del pago a un año de los salarios caídos, porque el problema no siempre es que el trabajador despedido busca extender el tiempo del pleito, sino que las juntas locales son altamente ineficientes.

El cambio real era en la Constitución para traspasar esa facultad de mediación al Poder Judicial y quitárselo a los gobernadores y al Jefe de Gobierno que tan mal trabajo han realizado en esas áreas.

Y lo peor de todo es no haber tocado la democracia y la transparencia sindicales. Cuando se habla de malas prácticas sindicales es irremediable pensar en los Romero Deschamps, las Gordillos, los Hernández Juárez y demás.

Pero más allá de estos personajes, están los casos contrarios de los sindicatos al servicio total del empleador que no trabajan en beneficio de los trabajadores.

En fin, se quedan los baches de siempre y sólo les echaron un poco de chapopote y todo esquivando el bloqueo de manifestantes de izquierda que poco ayuda y mucho estorba.

[email protected]