La historia petrolera del mundo ha sido escrita, en su gran mayoría, por inversionistas audaces. O contreras.

Piensa, por ejemplo, en el Coronel Drake y en Ezequiel Ordóñez. Muy pocos creían que iban a tener éxito en su muy temprana búsqueda por petróleo. Pero el primero se volvió “el padre de la industria petrolera” y el segundo fue clave en el descubrimiento de la Faja de Oro, que resultó ser una de las cuencas más prolíficas del mundo.

También hay ejemplos recientes: George Mitchell y Charif Souki. Uno a partir de producir shale gas y el otro a partir de planear transformarlo en gas natural licuado, ambos apostaron a contracorriente a que nuevas tecnologías generarían una nueva abundancia energética en Norteamérica, cuando la predicción predominante era de escasez. Los dos se volvieron leyendas.

Para los románticos, su éxito fue el que los transformó de necios a visionarios. Ellos siempre “supieron” que iban a tener éxito. Creo que es más realista decir que sí, estos visionarios tenían una perspectiva diferente y a veces disonante. Pero nunca ignoraron los riesgos. Justo por haberse clavado en lo técnico, reconocieron que había buenas probabilidades de fracaso. Para poder estructurar sus proyectos con inversionistas, proveedores y empleados, la clave no fue ignorar los riesgos, reales o percibidos sino ser exitosos en explicar cómo su plan los podía evitar o atajar.

Este punto debería informar la estrategia del equipo de transición durante los próximos días. Después de los viajes y declaraciones de estas semanas de Rocío Nahle, la futura secretaria de Energía, quedan pocas dudas de que las intenciones de construir una refinería son muy serias. Y, con el reporte de Moody’s, que predice que la construcción de refinerías podría tener un impacto negativo sobre las finanzas de Pemex, también queda claro que la alerta de los mercados es igual de seria.

Igual que lo hicieron Souki o Mitchell en su momento, Nahle está en todo su derecho de disentir con la visión de los analistas de mercado. Quizás el tiempo le dé la razón.

Pero, por mientras, sería mucho más efectivo entender los riesgos y mitigarlos, como lo han hecho muchos visionarios, que afirmar que “dirigir recursos en construcción y mejorar la situación de las refinerías de Pemex no debe ser ningún riesgo”.

En este sentido, la presentación del plan de refinerías que se presente en unas semanas es una nueva gran oportunidad para el equipo de transición. Partiendo de las preguntas y estadísticas de las que se han armado los analistas, el equipo energético de López Obrador podría argumentar que su análisis de la demanda por gasolinas en el país difiere del consenso global; que ellos están viendo tendencias diferentes que apuntan a mejores oportunidades de las que típicamente se identifican.

Podrían reconocer que, efectivamente, en el mundo tiende a haber sobrecostos y demoras en la construcción de refinerías para después plantear que la forma en la que van a estructurar los procesos va a transformar la manera de ejecutar este tipo de megaproyectos. Podrían argumentar que la tecnología que piensan usar no sólo es más eficiente sino también segura y atiende a cualquier preocupación ambiental que pueda haber; que las eficiencias logísticas y beneficios de mayor integración vertical aún no han sido plenamente entendidos por los analistas; que la producción petrolera en México y su composición durante los próximos años han sido mal estimadas y, en realidad, no habría que importar crudo para poder aprovechar por completo la capacidad del sistema de refinación y la nueva refinería.

Claramente, la solución no puede estar compuesta de puras palabras. El plan tendrá que estar basado en números sólidos y evidencias sustantivas —en ideas basadas en ellas. De todos modos generará una nueva serie de preguntas. Pero plantearlo de forma que atienda a los ya muy discutidos riesgos sería un primer paso para empezar a construir certidumbre. Cuando menos, nos pondría en un camino para poder entender con mayor claridad cuáles son los criterios técnicos que le van a dar vida a la visión.

Pablo Zárate

Consultor

Más allá de Cantarell