El viernes pasado, recibí una llamada de un funcionario público que me preguntaba por qué estaba tan preocupado por el incremento en la inflación.

Traté de explicarle que el incremento de los productos pecuarios (de 18%), las frutas y verduras (más de 13%), el rubro de alimentos dentro de la inflación subyacente (con más 7%) además de muchos otros aumentos están muy por arriba de la letanía del Banco de México de una inflación objetivo de 3%, más–menos un punto porcentual. A cambio, recibí la explicación oficial de que se trata de aumentos transitorios en el precio de algunos alimentos, como el huevo. No esperaba menos. Le pregunté al funcionario si conocía el arreglo salarial de la industria azucarera. Me dijo que no y con gusto le compartí el dato: 6.2% de incremento directo al salario.

Siempre será difícil convencer a alguien del sector público que un interés periodístico no es algo personal. En este caso, que se testigos del contagio inflacionario a productos más allá del huevo es un tema preocupante.

Parte del trabajo del banco central es mandar el mensaje de tranquilidad. No para fingir que el trabajo realizado está bien hecho (bueno, eso también cuenta), sino para no generar expectativas negativas que acaben por contaminar a los agentes económicos con la certeza de que la inflación va para arriba.

Que el huevo subiera de 12 a 40 pesos fue muy preocupante pero se trataba, efectivamente, de un hecho aislado, explicado por el contagio masivo de las gallinas de la región más importante de producción avícola del país con el virus de la influenza.

Un hecho tan noticioso como éste de la influenza -que, además, encuentra un antecedente traumático en la sobrerreacción del H1N1 de abril del 2009- genera una ola especulativa ante el desconocimiento del alcance del virus. Obvio que los que tenían huevo especularon. A este hecho aislado, localizado, se le puede sumar la suerte de otros alimentos, como el pollo, o el tradicional aumento temporal del tomate.

El índice FAO de alimentos ha mostrado incrementos anuales importantes desde hace más de un lustro, solo detenidos temporalmente por la Gran Recesión del 2009. Lo cierto es que la comida está cara en el mundo.

Hay un innegable impacto cambiario en ciertos productos. La realidad es que el peso no logró recuperar valor rápidamente frente al dólar y eso acabó por permitir un cierto contagio. Es un hecho.

Pero el dato a seguir es justamente esa revisión de la negociación salarial en la industria azucarera. Porque el argumento de que los precios del azúcar justifican un incremento salarial tan alto contradice la afirmación oficial de que se trata de aumentos temporales en los precios de los alimentos.

Vienen las negociaciones salariales más importantes. Justo ahora, están discutiendo el incremento contractual de la UNAM, que marca la pauta para innumerables instituciones educativas.

Ocultar que hay presiones no es un remedio. Por eso, uno de los grandes cambios estructurales en materia inflacionaria fue pasar al ámbito del INEGI su medición, para evitar cualquier tentación cosmética.

Y, periodísticamente, es obligatorio destacar esto que aparece en el horizonte como un tema preocupante.

Entonces, quizá debí aclararle al funcionario que me llamó la semana pasada que, más que preocupado, estoy muy atento a lo que sucede con la inflación. Soy de una generación que perdió muchas oportunidades durante los 80 como consecuencia del descontrolado incremento inflacionario. Mi incipiente formación patrimonial se borró de un plumazo con el error de diciembre y la inflación de 50% de 1995. Así que, sí, el asunto me interesa. Pero preocupado, no lo creo.

Los que deberían estar preocupados despachan en el Banco de México.

La primera piedra

Ya pasaron 25 años desde el crac bursátil mundial que arrastró a todos. Con epicentro en Nueva York, no hubo un rincón sano dentro del sistema capitalista.

En aquel lunes negro se tejieron historias de horror. No sólo las financieras que estudiamos en las universidades, sino los casos individuales en los que una persona que creía que hacía el negocio de su vida hipotecaba su casa para comprar acciones.

Cuando los papeles bursátiles empezaban a desmoronarse y alguien asumía que una pérdida de 10% era manejable y daban la instrucción de vender. Sólo para darse cuenta que nadie quería comprar.

Acciones de 80 pesos vendidas finalmente en 50 centavos. Oficinistas, empresarios, taxistas, maestros quebrados por jugar con el fuego de una Bolsa mal regulada.

Llegaron entonces los tiburones que, del suelo, se pusieron a recoger papelitos que no valían ni la hoja bond en la que estaban impresos.

Con diferentes artilugios y con el tiempo, lograron hacer de esos montones de basura enormes fortunas.

[email protected]