Los consumidores están viviendo momentos difíciles y no encuentran razones para estar optimistas aquí y ahora. Hay que leer el ICC como una advertencia.

Me llamo Juan, tengo una peluquería. Pensaba comprar una tele y renovar mi negocio. No lo haré, no me alcanza el dinero. No entiendo de economía, pero le puedo decir que el 2014 empezó mal. Me recuerda al año de la influenza.

A Juan le pegan tres I latinas : inflación, impuestos e incertidumbre. Él no fue encuestado por el INEGI para la elaboración del Índice de Confianza del Consumidor (ICC), pero su testimonio está en línea con los resultados de ese termómetro de los estados de ánimo. Crece sustancialmente (22.9%) el número de aquéllos que no comprarán electrodomésticos. Hay aumentos importantes en el grupo de los que piensan que la economía está peor que hace un año y en el de quienes avizoran que no mejorará en los próximos 12 meses.

Las percepciones en economía son parte de la realidad. La reflejan y la afectan. Los consumidores metabolizan en forma de pesimismo la información que les llega del entorno: mercado laboral, ingresos recibidos y costos de la canasta de consumo, entre otras cosas. Su pesimismo no se queda en casa: le pega a las ventas de los comercios que los atienen y a sus relaciones con el sector financiero. Una baja de confianza enfatiza la parte negativa del ciclo económico porque afecta los planes de inversión y de compras de la IP.

No es una casualidad que en seis de los últimos siete meses las ventas de Walmart de México hayan registrado descensos. La mayor empresa comercial confirma la tendencia que esboza el ICC. No podría ser de otro modo: tiene 4 millones de clientes. La única manera en que Walmart de México está mitigando la baja en el consumo es con la apertura de nuevas tiendas. Tiene el músculo financiero para crecer en los momentos de vacas flacas como éste. Por desgracia, son una minoría los negocios que pueden invertir para crecer en un contexto en el que las ventas caen.

La cosa más curiosa con el desplome de la confianza del consumidor es que ella no estaba en el radar de los expertos ni del gobierno hace apenas unas semanas. Al trazar las expectativas para el 2014, el consenso fue que los riesgos se encontraban en el exterior: El final de los estímulos monetarios de la Fed y los problemas de los grandes países emergentes. Lo interno no sería problema, coincidían los especialistas. Uno que otro heterodoxo mencionaba el tema de la inseguridad. Había que buscar en los márgenes para encontrar una referencia a la confianza del consumidor.

Un bajón de 15.5% en el ICC es un balde de agua fría para todos, especialmente para los más optimistas. Para ponerlo en perspectiva, hay que tomar en cuenta que el gasto de los consumidores representa alrededor de 60% del PIB, mientras que el gasto público está apenas por encima de 20% del PIB. El gobierno apuesta a que habrá una recuperación económica, entre otras cosas, porque habrá un incremento en el gasto público. Sus planes y cifras podrían palidecer si persiste el pesimismo de los consumidores. No hay presupuesto gubernamental que alcance para compensar una desaceleración profunda del gasto de los consumidores.

Hay que leer el ICC como una advertencia: los consumidores están viviendo momentos muy difíciles y no encuentran razones para estar optimistas aquí y ahora. Las reformas traerán beneficios que se materializarán en el mediano y largo plazo. ¿Quién se ocupa de los consumidores y del corto plazo?

lmgonzalez@eleconomista.com.mx