Hace unos días, durante la presentación del libro Un millón de jóvenes por México, el expresidente de Colombia, Álvaro Uribe, dijo:

Los políticos solamente entendemos la necesidad del cambio cuando un gran movimiento ciudadano nos lo impone. Por eso es de gran trascendencia este llamado para que la ciudadanía mexicana, en la política, juegue un papel incluso más determinante que los propios actores de la política .

Esta declaración resulta particularmente oportuna en un momento en el que los mexicanos tratamos de responder una pregunta fundamental en nuestra democracia: ¿Quién manda? La mayoría de los ciudadanos seguimos creyendo que el gobierno debe ser autoridad en todo y nosotros debemos aceptar y resignarnos con lo que se decida.

Esta situación se agrava cuando el mismo gobierno se ve atrapado en las redes de los partidos políticos, que impiden cualquier avance que no vaya en la dirección en que se mueven sus propios intereses. México no es prioridad, simplemente es un pretexto. De ahí que en tiempo electoral, los ciudadanos busquemos otras opciones para movernos de la protesta y el enojo, a la propuesta y la acción. Esta vez la apuesta debe ser mucho más allá del 1 de julio.

El tema de los jóvenes está más vigente que nunca. Las numerosas marchas a lo largo del país muestran a una generación que decidió levantar la voz y que, por si fuera poco, representa la fuerza más grande del padrón electoral. En pocas palabras, seremos los jóvenes quienes definiremos la próxima elección.

Deseosos de ganar a costa de lo que sea, los candidatos ven en los jóvenes el pretexto perfecto para hacer suya una causa que no les corresponde. A los políticos, lo que le corresponde por ley al gobierno; y a los ciudadanos, lo que le toca a la sociedad civil, que, por cierto, debe ser la mayor responsabilidad.

De ahí la pertinencia de mantener todo movimiento y esfuerzo ciudadano libre de cualquier influencia o manipulación por parte de los candidatos y partidos. De ser utilizados, los jóvenes pederíamos la fuerza, la legitimidad y la autoridad moral para avanzar en una causa que, a toda costa, debe mantenerse 100% ciudadana.

No se puede ser juez y parte, los candidatos deben mantenerse al margen de cualquier movimiento ciudadano. No se puede luchar contra algo que termina siendo parte de la misma lucha. Hay que evitar cualquier contrasentido.

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