La foto es el símbolo de una reconciliación que en la retórica parece un regreso a los años 70, aunque en la realidad es un viaje a un territorio desconocido.

Enrique Peña Nieto saluda a Fidel Castro. La mano izquierda del Presidente mexicano se posa sobre el hombro de Castro. Es el cubano más famoso del siglo XX, aunque es difícil definirlo: ya no es Mandatario, pero sigue siendo dictador. Es imposible decirle hombre fuerte de la isla, porque ya no es el gigante del traje militar. Tiene joroba y se ha achicado. Viste unos pants azules con camisa a cuadros. Casi un uniforme de jubilado.

La foto es de Alex Castro, hijo de Fidel y único fotógrafo autorizado en la casa del patriarca. Al fondo se ve a José Antonio Meade, secretario de Relaciones Exteriores. Su amplia sonrisa contrasta con la seriedad de Peña y el gesto de Castro: sus ojos examinan al Presidente mexicano. La boca no alcanza a sonreír. Las venas del cuello del octogenario están tensas.

Entre el domingo y el miércoles, Fidel Castro se reunió con nueve mandatarios. Ninguna foto significa tanto como la del encuentro con Peña Nieto. Es el símbolo de una reconciliación que en la retórica parece un regreso a los años 70, aunque en la realidad es un viaje a un territorio desconocido.

Cuba necesita reinventar su relación con América Latina porque su principal apoyo en la región, Venezuela, está muy cerca del abismo económico. Para México está la posibilidad de reinventar una relación llena de sentimientos pero vacía de contenido económico.

El comercio bilateral apenas alcanza los 30 millones de dólares mensuales. Las principales exportaciones de México son recipientes de aluminio, polímeros, alimentos de animales, tapas, abonos y caucho. Las exportaciones cubanas son puros y cigarrillos, alcohol etílico, materiales de laboratorio y alambre de cobre.

¿Qué tan lejos puede llegar la relación México-Cuba? La variable más importante no es la nueva actitud de México, sino la intención de apertura económica que ha mostrado Raúl Castro. La suma de las inversiones mexicanas es apenas de 730 millones de dólares. En algún momento había participación en telcos y cemento, ahora queda turismo y un caso raro: El principal molino que abastece a La Habana de pan es propiedad de una firma mexicana.

En las próximas semanas, una delegación de empresarios mexicanos viajará a Cuba, encabezada por Ildefonso Guajardo. Buscan oportunidades de inversión. Lo más atractivo que ofrece Cuba es la Zona Especial de Desarrollo del Mariel, ubicada 45 kilómetros al oeste de La Habana. El régimen cubano quiere que se convierta en una zona de desarrollo industrial. Ofrece un régimen tributario que exonera del pago de impuestos de utilidades durante 10 años. Además, los inversionistas extranjeros podrán transferir sus fondos o utilidades netas al exterior sin pagar impuestos. La primera parte de Mariel ha tenido como protagonistas a los brasileños. Ellos otorgaron más de 600 millones de dólares en financiamiento para construir el puerto. Lo operarán a través de la firma Odebrecht.

¿Qué tanto apostará México por poner Mariel? Ésa es la cuestión. Si no apuesta fuerte, dejará el campo abierto a Brasil, en una zona que está a menos de 500 kilómetros de territorio mexicano.

La foto de Enrique Peña con Fidel Castro está llena de símbolos, pero lo más importante no está ahí, sino en esa zona especial. Más allá de la retórica de unidad latinoamericana, Cuba será uno de los campos donde se expresará la creciente competencia entre México y Brasil.

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