En los últimos cuatro meses, las autoridades de Europa parecen haber comprendido la dinámica y magnitud de la difícil situación que enfrentan. Existe una desigualdad estructural entre el norte y el sur de la región.

Hace casi cuatro meses con exactitud que se publicó la edición de Sin Fronteras titulada Tres meses para salvar a Europa .

En ese momento, analizamos el diagnóstico realizado por el renombrado inversionista de origen húngaro, George Soros, sobre el futuro inmediato de la Unión Europea.

La conclusión del análisis de Soros era lapidaria: la Unión Europea tenía tres meses de vida si sus líderes no actuaban de manera decisiva para atajar la crisis.

Para Soros, las autoridades habían confundido un problema bancario y de competitividad con uno de finanzas públicas, lo cual había resultado en una serie de remedios incorrectos enfocados primordialmente en un ajuste fiscal basado en fuertes medidas de austeridad.

Durante los últimos cuatro meses, las autoridades europeas parecen haber por fin comprendido la dinámica y magnitud de la situación.

Para Soros, atajar la crisis de confianza con medidas extraordinarias y heterodoxas era una condición sine qua non para poder siquiera considerar escenarios de ajuste gradual que le den tiempo a Europa de evaluar sus males congénitos.

La decisión del Banco Central Europeo (BCE), con el apoyo implícito de Alemania, de actuar como proveedor de liquidez de última instancia de manera ilimitada al sistema bancario y a los países con finanzas públicas más comprometidas, ha marcado un parteaguas en la crisis.

Europa ha evitado los desenlaces más catastróficos, pero sigue enfrentando problemas fundamentales que amenazan con sumir a la región en décadas de estancamiento económico.

De acuerdo con J. Bradford DeLong, conocido economista de la Universidad de Berkeley, el problema principal es uno de desigualdades estructurales entre el norte y el sur de la eurozona.

Mientas algunos países como Alemania realizaron reformas estructurales y se volvieron más competitivos, otros países perdieron competitividad, basando su crecimiento exclusivamente en un boom de vivienda y consumo impulsado por un fuerte incremento en los niveles de endeudamiento.

Cuando llegó la crisis del 2008, el boom de vivienda y consumo se convirtió en una crisis de endeudamiento en la periferia europea. Bradford argumenta que, en los años de bonanza económica, los países del sur y del norte se volvieron complacientes.

Los países del sur se acostumbraron a funcionar con tasas de productividad inferiores a las del norte, con la complicidad implícita de los países del norte que estaban dispuestos a financiar esta brecha, recibiendo lo que ellos percibían como una tasa de interés atractiva dado el nivel de riesgo.

Para Bradford DeLong, esta dicotomía entre los niveles de productividad entre el norte y el sur de la misma Unión Europea tiene solución. Sin embargo, cerrar la brecha de competitividad y, al mismo tiempo, preservar al euro como moneda común mientras el sur mantiene una política de austeridad, requiere de sacrificios importantes por parte del norte.

Para el economista de Berkeley, el norte de Europa debe tolerar una mayor inflación durante por lo menos cinco años para contribuir a la reducción de la brecha en productividad. Sin embargo, esto se debe dar en conjunto con una uniformización de los sistemas de asistencia social entre los países del norte y los del sur. Los del sur tendrían que reducir privilegios, elevar edades de retiro y, en general, asemejarse más a los del norte.

Por otro lado, los del norte deberían ser un poco más bondadosos, haciendo el costo social de ajuste a los países del sur más manejable.

Para Bradford DeLong la conclusión es clara, si Europa no adopta medidas de este tipo que aborden de manera frontal el problema de los desequilibrios competitivos entre los países ricos y los países pobres, enfrentará una decisión entre décadas perdidas de crecimiento económico para el sur (y tal vez para el norte también) o una situación continua de desequilibrios entre el norte y el sur que deberán ser financiados por el norte mediante transferencias fiscales.

joaquinld@eleconomista.com.mx