El pasado martes hablé de lo importante que es entender el producto que estamos contratando, ya que las malas experiencias vienen precisamente por no tener ni idea de lo que nos vendieron.

Si se trata de una inversión, es nuestra responsabilidad saber en dónde estamos poniendo nuestro dinero y la razón por la cual es adecuada a nuestras necesidades. No sólo tomar a ciegas la “recomendación” del “asesor”, que no es más que un vendedor o empleado de alguna institución que muchas veces sabe menos que nosotros.

Si se trata de un crédito, debemos saber, por ejemplo, cómo funciona, cómo se aplican los pagos, cómo se cobran los intereses, qué seguros incluye la mensualidad y cuáles tenemos que pagar de manera adicional, entre otras cosas.

Si es un seguro, hay que por lo menos entender qué cubre, qué no cubre y bajo qué condiciones. También debemos tener claro qué valor nos pagarían en caso de un daño total para tomar una decisión adecuada, porque no todos son iguales, aunque así lo parezca.

A lo largo de los años me han llegado casos reales de personas que han tenido enormes consecuencias por no entender los productos que contratan. Quiero compartir algunos ejemplos importantes —desde luego anónimos— que permiten ilustrar el porqué:

1. Patricia era una joven gerente de Recursos Humanos y decidió hacer realidad uno de sus sueños: comprar su propio departamento, para lo cual tomó un crédito hipotecario. Dos meses después hubo un fuerte recorte de personal en la empresa donde trabajaba y se quedó sin empleo. La indemnizaron bajo la ley; sin embargo, apenas en ese momento se dio cuenta de que el crédito no incluía ningún tipo de seguro de desempleo que le apoyara en esta situación. hoy en día casi todos lo incluyen y es muy importante.

2. Jorge vio un anuncio en una revista especializada acerca de los grandes rendimientos que había ofrecido un fondo de inversión en los dos últimos años. Acudió a esta institución, abrió su cuenta y metió todo su dinero ahí, sin leer ningún documento.

A los pocos meses hubo una fuerte crisis en los mercados financieros globales, que provocó una caída de cerca de 30% de su inversión inicial. Enojado, decidió sacar su dinero, sospechando malos manejos. Quiso incluso demandar a dicha institución, pero nadie tomó su caso.

Nunca se dio cuenta de que había puesto todo su capital en un fondo que invierte 100% de los recursos en empresas que cotizan en la Bolsa y que dicha minusvalía era simplemente parte del movimiento natural del mercado, que a veces puede ser brusco. Además, había firmado todos los documentos presentados, incluyendo el prospecto de inversión de ese fondo en particular, así como su instrucción escrita de invertir la totalidad de sus recursos en ese instrumento.

3. Mercedes se quejó conmigo de que el banco le contrató un seguro sin su consentimiento y me preguntaba en dónde se podía quejar. Le pedí que me mandara copia de su contrato, el cual afortunadamente conservó (mucha gente lo tira, inexplicablemente). En la carátula se mencionaba el seguro como un servicio opcional y claramente la pregunta: ¿Desea usted contratar el seguro? Estaba marcado “Sí” y junto a ello estaba su firma. Eso pasa por no leer lo que uno firma. Obviamente lo pudo cancelar después, pero no pudo recuperar las mensualidades que pagó.

4. La tesorera de una empresa pequeña sufrió un incendio que afectó todas las máquinas en su taller. La aseguradora le estaba pagando una indemnización muy reducida comparada con los daños. Resulta que había declarado para efectos del seguro valores contables, depreciados, porque así le indicó el “asesor”. Adicionalmente la póliza, como casi todos los seguros de daños, contenía una cláusula de proporción indemnizable que opera cuando las personas o empresas declaran valores que no corresponden a la realidad. La indemnización estaba calculada correctamente de acuerdo con su póliza.

5. Javier me contactó porque, tristemente, su esposa había fallecido y la aseguradora no quería indemnizar su seguro de vida. Al revisar el contenido de la misma, claramente se trataba de un seguro que únicamente cubría muerte accidental. La señora había fallecido a causa de una enfermedad, por lo cual su caso no estaba cubierto por la póliza. Otro tristísimo caso de no conocer el producto que uno está comprando.

6. Romelia estaba ahogada en deudas y contrató a una conocida “reparadora de crédito”. Pero nunca leyó el contrato ni comprendió las comisiones que cobraban, mucho menos qué pasaba en caso de cancelación anticipada. Le hicieron firmar no sólo un contrato, sino una hoja adicional en la cual la persona aceptaba que el asesor le había explicado claramente esos costos.

¿Qué tienen todas estas personas en común? No leyeron. No compararon. No comprendieron bien el producto que estaban comprando, ni tampoco si era adecuado a sus necesidades. Como muchos, simplemente adquirieron lo que alguien les vendió y nada más.

Por eso es tan importante tener una cultura financiera básica y sabernos asesorar, nunca comprar o aceptar consejos a ciegas, porque la decisión al final es nuestra y de nadie más.

Te invito a visitar mi página: http://www.PlaneaTusFinanzas.com, el lugar para hablar y reflexionar sobre finanzas personales.

Twitter: @planea_finanzas

JoanLanzagorta

Coach en Finanzas Personales

Patrimonio

Ejecutivo de alto nivel en seguros y reaseguro con visión estratégica de negocio, alta capacidad de liderazgo, negociación y gerencia.

Además es columnista de Finanzas Personales en El Economista, Coach en Finanzas Personales y creador de la página planeatusfinanzas.com