Tras meses de una campaña electoral manchada de violencia, carente de propuestas y aderezada de insultos, ocurrencias, lemas vacíos y dispendio de recursos públicos, se acerca el 6 de junio. Cada quien decidirá sus votos según sus convicciones, preferencias, esperanzas o desilusiones ante los resultados de un gobierno cuya mayoría parlamentaria le ha permitido establecer prioridades, ignorar problemas e interpretar la realidad desde el podio del poder. Dentro de una semana, nos gusten o no los resultados de la elección, tendremos que convivir en diversidad y pensar, no en un futuro feliz o catastrófico, sino en el presente que no podemos eludir, en los problemas que no resuelven ni lemas, ni promesas ni ocurrencias.

Es penoso y desesperanzador constatar la mediocridad de una clase política que, lejos de ocuparse de problemas reales, acuciantes, pierde tiempo y energía en denostaciones, insultos y mentiras y contribuye a la degradación de la convivencia social. Como si la realidad no fuera ya escandalosa, también en la sociedad se multiplican mensajes mentirosos e historias falaces para descalificar a quien no se considera "diferente" sino "enemigo".

Por eso habría que recordar que nuestra realidad es de por si escandalosa, violentamente insoportable  e indeseable. Sobrevivir contra ella, para modificarla, requiere de aquello que las voces oficiales y los admiradores del "orden" han ido minando: la reflexión, la solidaridad y la organización ciudadana, la capacidad de ver los problemas de frente y de exigir un compromiso real para resolverlos. No sólo el Ejecutivo y su partido son responsables del desastre; también los partidos políticos que lo han apoyado o que tampoco han buscado soluciones integrales ahí donde gobiernan  o que ahora han postulado a sus "fieles", a cartuchos quemados o  a "estrellas" cuya lealtad o popularidad no garantiza capacidad para gobernar ni para aprobar leyes y presupuestos que inciden en la vida y el futuro de millones de personas.

Quienes resulten electos o electas deberán preguntarse desde el lunes 7 qué país pretenden gobernar. ¿El de la fantasía oficial, el del voluntarismo pragmatista, el del guion en blanco y negro? Ojalá después  de festejar su triunfo, les caiga a unas y otros el peso de la responsabilidad y aprovechen los meses de transición para leer diagnósticos y cifras oficiales, reportajes de investigación y noticias cotidianas, y busquen conocer de cerca el día a día de personas comunes, fuera de la escenografía electoral. El país en que habrán de definir prioridades, leyes y presupuestos exige conocer el presente y pensar hacia el futuro del país, no en aspiraciones personales y afanes de grandeza.

Por sólo mencionar uno de los problemas urgentes,  vivimos en un país con grados de violencia, crueldad e impunidad intolerables. A la violencia política actual se suman los asesinatos de periodistas, defensoras de derechos humanos y defensores del territorio. Siguen en aumento feminicidios y desapariciones que destruyen la vida de niños y niñas, adolescentes y jóvenes sobre todo, como recién documentaron Pie de Página y Data Cívica. Además, de la venta de niñas en comunidades indígenas, en centros turísticos y corredores industriales las propias familias, precarias, prostituyen a niñas y niños. Como reportaron ayer varios medios, hay escuelas donde el abuso sexual infantil ha sido sistemático y sigue impune  -se dice que era "un secreto" pero más de uno sabía y calló. A todas estas violencias que requieren intervención psicológica y legal, se añaden la violencia institucional de quienes minimizan violaciones y desapariciones y vacían de sentido las leyes, y la indiferencia de quienes optan por ser testigos mudos del horror.

Ante la actual crisis económica, de salud y de derechos humanos, urge cambiar de rumbo; urgen también una clase política responsable y con sentido ético, y una ciudadanía crítica, solidaria y exigente. 

Lucía Melgar

Crítica cultural

Transmutaciones

Es profesora de literatura y género y crítica cultural. Doctora en literatura hispanoamericana por la Universidad de Chicago (1996), con maestría en historia por la misma Universidad (1988) y licenciatura en ciencias sociales (ITAM, 1986).

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