Una de las situaciones a resolver más comunes que preocupan a los padres de familia es la negativa de sus hijos a comer ciertos alimentos. ¿Qué es lo que dicen las investigaciones alrededor de este hecho?

Aunque la negativa a probar nuevos alimentos es muy común y parte normal del desarrollo y de la construcción del repertorio alimentario de un niño, existen algunos casos en los que esta cuestión, si no es atendida, puede volverse un problema mayor cuando el niño es un poco más adulto, derivando en situaciones que van desde la exclusión social —porque la negativa a comer ciertos alimentos o lo específico de sus gustos provoque la no convivencia en ciertas situaciones sociales que involucren comida— hasta una dieta pobre en variedad y calidad. En un mundo globalizado las consecuencias de esto podrían ser costosas incluso a nivel emocional, puesto que entre más pequeño es el repertorio alimentario, mayor inadaptación se puede dar cuando se encuentre en contextos externos (desde la casa de un amigo, hasta tener que vivir en un país extranjero).

La buena noticia es que las investigaciones científicas de corte conductual nos pueden orientar sobre qué hacer al respecto. La doctora Clare Llewellyn en su libro Baby food matters presenta todo un recopilado de evidencia científica sobre la manera en la que influye todo lo que le damos a los bebés desde pequeños en la construcción de su comportamiento alimentario. Entre los tips que la doctora Llewellyn da para niños remilgosos, el primero de ellos es que si a un niño no le gusta un alimento en específico, se le debe ofrecer durante 20 días seguidos, sin tregua. En algún momento el niño cederá y normalizará la presencia de ese alimento en el menú familiar.

Otro de los consejos que parece algo del sentido común pero que algunos papás obvian es que siempre hay que comer el alimento en cuestión junto con el niño y en presencia del niño. Incluso investigaciones en sociología apoyan este hecho, ya que el poder del control social es determinante para la aceptación y/o rechazo de ciertos alimentos. Para hacer más efectiva esta acción, es mejor si el mismo alimento se corta a la mitad y cada uno toma una mitad. Desde las ciencias sociales, a este hecho se le ha llamado “cosustancialidad”, es decir, compartir un alimento porcionándolo.

Se desaconseja fervientemente presionar a los niños obligándolos a comer por medio de chantajes emocionales. Esto hace que los niños aborrezcan aún más el alimento en cuestión. Para algunos niños funcionan las recompensas de tipo verbal, es decir, el reconocimiento de que hizo algo muy bien al comer su alimento, o incluso se sugiere que se les dé algún tipo de recompensa como una calcomanía, pero nunca darles recompensas con el mismo alimento. Es decir, si se comen un alimento que no les es agradable, se les premie con un alimento que les encanta, puesto que los niños asociarán la comida con una recompensa emocional que de grandes podría ser contraproducente. Además de que generalmente el alimento que es de su mayor preferencia es el que tiende a ser menos sano.

Al final, los consejos apoyados en la investigación resultan altamente pragmáticos y relativamente fáciles de negociar con los niños. Sólo hay que armarse de paciencia sabiendo que estamos invirtiendo en su relación con los alimentos a futuro.

@Lillie_ML