Cuesta trabajo leer la prensa cada día. Una nota tras otra. Un dolor tras otro, en prácticamente cada rincón del mundo. Decenas de notas periodísticas evidencian la violencia contra la mujer. Me quedo estupefacto con la nota de hace unos días, tan solo un ejemplo, sobre el desenlace del caso de la maestra peruana llamada Jesica Jamina, asesinada por su pareja en Lima, Perú. Cada día hay una ocasión para el espanto…

A pesar de que había denuncias previas y de que los vecinos informaron a la policía desde horas antes, cuando empezó el hecho violento, las autoridades no acudieron. Llegaron horas después, cuando la casa ya estaba incendiada y Jesica, más tres de sus cuatro hijos, yacían muertos a cuchilladas. El asesino solo fue consignado porque lo detuvieron los vecinos, no la policía. Hoy los oficiales omisos ya están de vuelta en sus cargos. En Perú también marcharon ayer en contra de un sistema que permite que la mujer no sea escuchada cuando advierte de amenazas.

En este espacio he registrado, desde hace muchos años, la abominación de la violencia sexista en diversos países, como en India, con el caso de la joven Jyoty Singh, violada brutalmente en un autobús por varios hombres y un adolescente de 17 años. Todo indica que fue el menor de edad quien inició todo y quien se mostró más violento, pero salió de la cárcel apenas cuatro años después. En India hay una violación cada 21 minutos. El M8 salieron también las mujeres a protestar.

En otros países la situación es aún peor. Ayer salió a manifestarse en Islamabad, Pakistán, el colectivo de mujeres y hombres que luchan contra el “código de honor”, responsable de mil muertes cada año. Entre los manifestantes había varones que llevaban pancartas con el lema “sé hombre, apoya a las mujeres”. Fueron dispersados a pedradas por una turba de islamistas que consideraba a la manifestación una falta de respeto a las tradiciones religiosas.

La opinión pública de ese país islámico se estremeció con el caso reciente de Qandeel Baloch, la primera gran “influencer” de redes sociales pakistaní, quien fue asesinada por su hermano menor por los videos que subía, instando a las mujeres a liberarse del yugo patriarcal.

En Sudáfrica se comente una violación cada seis minutos. Lo que colmó el plato de esa sociedad fue el caso de la estudiante de 19 años Uyinene Mrwetyana, que desapareció cuando fue a la oficina de correos a recoger un paquete. Después de un tiempo, y ante la presión social, se descubrió que uno de los empleados de esa oficina la violó y golpeó hasta la muerte en ese mismo despacho, situado exactamente… al lado de una estación policiaca.

“Si este gobierno no nos protege, nosotras llevaremos (a los ministros, ministras y al presidente Ramaphosa) a la corte constitucional”. Gracias a esas protestas las autoridades han prometido un paquete de medidas para proteger al colectivo femenino, aunque se aprecian del todo insuficientes. Ayer marcharon también las mujeres de ese país.

Aquí en México tenemos la escalofriante estadística de 10 feminicidios al día, y el mismo día de la marcha, el M8, se registraron tres asesinatos de mujeres. Uno de ellos en el estado de Guanajuato, donde la joven Nadia Verónica fue baleada en su auto. La estudiante de la Universidad Iberoamericana de León quizá presentía lo que le iba a suceder, o había recibido amenazas, porque dejó escrito: “si algún día soy yo por favor cuiden con el alma a mi sobrina, porque yo quise ser un ejemplo para ella y sobre todo enséñenle a no vivir con miedo, porque si algún día soy yo, quiero ser la última”.

Lamentablemente no será la última. Me pregunto si algunos de los casos que han llegado a detenciones de agresores, como el más terrorífico de todos, el de la niña Fátima, se hubiera resuelto sin la presión que hoy tienen las autoridades. Es muy posible que no, atendiendo tan solo a las estadísticas de impunidad. O al menos no con la celeridad con la que se hizo, gracias a las cámaras de seguridad, al ruido mediático, a la indignación ciudadana y, finalmente, a una denuncia de una persona a la que después se le escatimó su crucial participación.

Las autoridades se ven rebasadas. Algunos opositores de toda la vida, que ya están en el poder, siguen sin entender lo que eso significa. Hoy son ellos los responsables y son los que tienen el compromiso de detener esto. Las mujeres saben bien a quién dirigirse: a los que actualmente ostentan los cargos públicos. Esas mujeres son un sector que ya no cree en soluciones ingenuas. Ni en el divisionismo fomentado desde el púlpito político.

Los que antes se quejaban de todo, con y sin razón, están hoy al frente, y son los primeros responsables de la seguridad. Son los que tienen que dar cuentas. Que lo acaben de entender sería muy positivo para la sociedad en su conjunto. Ya no pueden seguirse escudando en que la culpa es del pasado. Esa manera de lavarse las manos está causando aún más enojo ciudadano, sobre todo en el colectivo que ha venido a removerlo todo, el colectivo conformado por esas recias y valientes mujeres que ha venido a revitalizar nuestra democracia.

José Manuel Valiñas

Analista de temas internacionales

Planetario

José Manuel Valiñas es articulista de política internacional. Dirigió la revista Inversionista y es cofundador de la revista S1ngular.

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