En esta ocasión no le llamaron catarrito, pero el diagnóstico de los doctores en Economía fue el mismo: malestares temporales, un poco de tos cambiaria y ojos llorosos por unos días en la Bolsa de valores.

Hoy nos avisan que la gripita se complicó y que el cuadro, sin volverse crónico, sí durará un poco más.

Hay que decir, en descargo del creador original del diagnóstico fallido a finales del 2008, que Agustín Carstens, gobernador del Banco de México, ha sostenido que, mientras haya volatilidad más allá de nuestras fronteras, no se recuperará la moneda mexicana.

Claro que tampoco el banco central le echa un lacito al peso para apuntalarlo, quizá para no provocar una costosa carrera contra los especuladores que aceptarán jugar a las vencidas.

Sí hemos escuchado al Secretario de Hacienda, al Presidente de la Bolsa de valores, a diputados priístas, a muchos actores financieros asegurar que no debemos preocuparnos por la volatilidad y el tipo de cambio, porque México resiste.

Hasta de regresar pronto a una normalidad de la paridad nos han dicho, pero lo cierto es que las señales del mundo son otras. Y así como Vicente Fox no pudo arreglar el problema de las dos Coreas, a pesar de que se lo propuso seriamente, así no podemos los mexicanos arreglar por nosotros mismos los problemas financieros de Grecia, España o Italia.

Hay un muy buen esfuerzo mexicano con la organización y liderazgo de la Cumbre del G-20, que concluyó ayer en Los Cabos, para encontrar salidas más coordinadas. Por ejemplo, el reforzamiento del Fondo Monetario Internacional. Pero la mejor forma de protegernos de lo que sucede allá afuera es arreglar las cosas acá adentro.

Tenemos en México excelentes paramédicos financieros, algunos de los mejores internistas, capaces de reaccionar muy bien en la sala de terapia intensiva monetaria.

Por ejemplo. El Banco de México está retirando de la economía una buena cantidad de circulante. A través de subastas extraordinarias de Certificados de la Tesorería, el banco central hace del dinero un bien un poco más escaso. Sobre todo ahora que los partidos políticos y sus campañas han soltado muchos billetes y monedas.

Banxico y su autonomía se han convertido en buenos policías de la inflación y tienen la manera de influir en las variables que pueden poner en riesgo la estabilidad lograda hasta este punto.

Pero México es el gigante con pies de barro. La realidad es que el blindaje mexicano tiene doble capa porque aguanta los golpes externos de Europa y los embates internos del proceso electoral. Pero le falta la estructura interna para sobresalir, para crecer.

Y es que también en lo interno hay estrés. Imposible negar que un proceso electoral presidencial en México no genere tensión financiera. Más cuando seguimos bajo un régimen presidencialista en el cual es mucho el peso que concentra quien ocupa esta posición.

El Ejecutivo y también el Legislativo tienen la obligación de cimentar apropiadamente la economía mexicana a través de cambios en la estructura económica nacional. Hacer que la economía sea más robusta en lo interno es indispensable.

Si la volatilidad externa va a durar mucho tiempo más, porque son difíciles de corregir los problemas externos, es buena oportunidad de reforzar los ajustes internos que puedan dar a la economía más crecimiento.

La primera piedra

Los industriales denuncian terrorismo eléctrico. O, en todo caso, hacen notar un terrible descuido por parte de la Comisión Federal de Electricidad (CFE) al momento de cobrar las tarifas eléctricas.

La Asociación Nacional de la Industria de la Transformación (ANIT) asegura que una falla en las lecturas de los medidores, atribuible a la CFE, ha provocado cargos disparatados imposibles de cubrir que han generado cortes de energía a muchas empresas pequeñas.

Argumenta la ANIT que hay empresas en el Distrito Federal que pagaban entre 8,000 y 10,000 pesos de luz al mes y que ahora, con las nuevas estimaciones, deben pagar hasta 900,000 pesos.

En el caso del consumo doméstico, estos industriales aseguran que el pago pasó de 2,000 a 100,000 pesos mensuales.

Ojalá que pronto se aclare la situación de estos cobros; de lo contrario, no habrá empresa que resista ese tipo de costos.

Si un lujo no se puede dar la CFE es permitir que algún cliente del centro del país tenga el más mínimo motivo para extrañar a la Compañía de Luz y Fuerza. Porque eso sería tanto como extrañar los tiempos de la Santa Inquisición.

ecampos@eleconomista.com.mx