Con la depreciación acumulada y con los efectos que ya se empiezan a ver en los precios, la realidad es que de poco sirve tener tantas reservas y tanta preparación financiera para las emergencias si no se ocupan.

Exhibidas como una presea, las reservas del Banco de México son en este momento un elefante blanco que es testigo de cómo la devaluación del peso ahora sí tiene consecuencias en la economía mexicana.

Al banco central y a la Secretaría de Hacienda se les ve pacientemente sentados, esperando a que los mercados hagan su trabajo y que una luz divina resuelva los problemas de Europa, para que los mercados recuperen la paz.

Y a pesar de que hay fechas clave para conocer con más certeza qué sigue para ese mercado, de cualquier forma, hemos visto a través de estos años que a una mala noticia financiera, invariablemente, le sigue una peor mientras no se resuelvan los problemas desde la base.

Lo primero que esperan los mercados es saber qué decidirán los griegos en sus elecciones parlamentarias del próximo día 17, no tanto porque preocupe si ganan moderados o extremistas, sino porque, realmente, para los ojos del mundo, se trata de un referéndum sobre la permanencia o no de Grecia en la región de la moneda única europea.

Y el otro evento esperado para finales de este mes es el resultado de la auditoría externa que se practica a los bancos españoles para conocer el tamaño del boquete que enfrentan.

Un argumento recurrente de las autoridades cambiarias es que el peso mexicano no es el único que está sufriendo los efectos de la turbulencia mundial, lo cual es absolutamente cierto. Pero de ahí a esperar que la normalidad regrese por sí sola hay una gran diferencia.

Estamos seguros, dijo el Secretario de Hacienda, de que el tipo de cambio va a reaccionar conforme se restablezcan las condiciones de normalidad en los mercados financieros internacionales.

El problema es que la normalidad no existe. Las condiciones económicas son cambiantes y no es posible apostar a que la normalidad de México es que los precios no suban a pesar de la devaluación.

Si se cree que los productores y los comerciantes no traspasan los costos al consumidor, más vale echarle otra mirada a lo que hoy sucede.

Cuando el tipo de cambio se fue a los 15 entre el 2008 y el 2009, ciertamente, ese aumento no se traspasó a los precios de los bienes y servicios por la simple razón de que la Gran Recesión se encargó de tirar la demanda. Y si subían los precios, más profunda habría sido la caída.

Hoy, que la economía está creciendo y que la demanda de bienes y servicios es creciente, la historia de los precios cambia. Por lo que esa normalidad no existe.

La verdad es que poco sirve blufear con el grosor del blindaje financiero. Es un hecho que hoy México tiene las reservas internacionales más altas de toda su historia, por arriba de los 155,000 millones de dólares.

Es también un hecho muy positivo que este país, como pocos, tiene acceso a una línea crediticia del Fondo Monetario Internacional por unos 70,000 millones de dólares que hacen un búnker antinuclear de más de 200,000 millones de dólares.

El mecanismo elegido para cuidar al peso es tener siempre en la mano 400 millones de dólares para inyectar en el mercado cambiario tan pronto como la cotización diaria supere una depreciación de 2 por ciento.

Sí, pero tal parece que los participantes del mercado ya le entendieron al mecanismo, porque ese famoso techo rara vez se alcanza, aunque la depreciación sea constante.

Con la depreciación acumulada y con los efectos que ya se empiezan a ver en los precios, la realidad es que de poco sirve tener tantas reservas y tanta preparación financiera para las emergencias.

Es como ser cuidado por enormes perros rottweiler pero que sus cuidadores, que no sus dueños, los tengan todo el tempo amarrados y con bozal.

Llegó la hora de soltar un poco esa cadena y que los especuladores sientan que se pueden llevar una mordida si se acercan demasiado a los terrenos en los cuales pueden provocar daños económicos.

Quizá Hacienda y el Banco de México están esperando que el INEGI les dé evidencias de un impacto inflacionario derivado de la depreciación del peso para tomar alguna acción más allá de la simple contemplación.

Por lo pronto, no es prudente pensar que el retroceso inflacionario de mayo de 0.32% es una prueba de que todo está bien. Porque la distorsión provocada por los precios de la electricidad no esconde que los precios de las manufacturas suben más que el índice general.

Dicen que, de ser necesario, habría más liquidez en el mercado cambiario. Hay que ver cuánto tiempo más tardan en darse cuenta de que es absolutamente necesario.

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