La equidad o igualdad de resultados no tiene que ser un objetivo de política pública, ya que los individuos son diferentes tanto en sus habilidades y capacidades como en sus preferencias, de ahí que el resultado en términos de la participación de su ingreso en el ingreso nacional sea diferente. Una política pública que tenga como objetivo la igualdad de resultados, además de que el gobierno se entrometería en un área que no le corresponde, invadiendo sin justificación la esfera privada, mataría los incentivos para la superación personal, terminaría generando mediocridad y repartiría equitativamente la miseria.

Así, el objetivo de política pública tiene que ser que exista la igualdad de oportunidades de acceso a todos los mercados, tanto de bienes y servicios como de los factores de la producción, lo que implica que éstos tienen que operar en un contexto de competencia. De esta forma, se observa que entre mayor sea el grado de competencia en los mercados, entre mayor sea la libertad individual para elegir, más equitativa tenderá a ser la distribución del ingreso sin que haya, obviamente, equidad perfecta.

Habiendo indicado lo anterior, una de las características más notorias de la economía mexicana es la desigualdad en la distribución del ingreso. El ingreso del decil más pobre solo representa 2% del ingreso nacional total; el ingreso de los cinco primeros deciles suma 20.6% del ingreso nacional, mientras que el ingreso de ese 10% más rico representa 34% del ingreso nacional.

Esta significativa desigualdad se debe, principalmente, a que históricamente en México no ha habido igualdad de oportunidades, a que hayamos sido un país en donde se ha privilegiado la búsqueda y apropiación de rentas y a que nunca nos hemos desenvuelto en un auténtico Estado de Derecho, uno con una eficiente definición, garantía y protección de los derechos privados de propiedad, con todos los mercados operando en competencia.

Como está distribuido el ingreso obviamente no es neutral sobre el crecimiento económico, debido particularmente a lo estrecho que resulta ser el mercado interno, con los deciles más pobres de la población prácticamente excluidos del mercado de bienes. De aquí que, para lograr una mayor tasa de crecimiento se requiere incrementar el ingreso absoluto de los más pobres e inclusive que éste aumente relativamente más que el de los deciles más ricos. ¿Cómo hacerlo?

Primero: consolidar la estabilidad macroeconómica. Una de las bondades de haberse desenvuelto en los últimos años con una relativa baja tasa de inflación es que una parte creciente de la población tiene acceso al crédito de largo plazo, particularmente el hipotecario, lo que se ha constituido como el principal elemento para que crezca y se fortalezca la clase media. De ahí que sea indispensable ampliar la oferta de crédito a tasas de interés más bajas introduciendo mayor competencia en el sistema financiero.

Segundo: generar mayor competencia en todos los mercados de bienes y de servicios. Esto deriva en un mayor una mayor eficiencia en la asignación de recursos y en una ganancia neta en el bienestar de la población, particularmente para las familias más pobres.

Tercero: un rediseño de los programas de gasto gubernamental. Muchos de los programas que incluyen un subsidio o transferencia son de carácter regresivo, como lo muestra que el Índice de Gini, que mide el grado de desigualdad, es para México prácticamente igual antes que después de las transferencias.

Se acabó el espacio. Próximo artículo, educación, salud y propiedad agraria.

Les deseo a los lectores un feliz 2013.

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