Nos reunimos unos días antes para planear la ruta. Tres fotógrafos a punto de iniciar el 24 Hour Project Challenge en Querétaro. Los otros dos repiten, para mí es la primera vez. La misión es simple: durante 24 horas compartiremos en Instagram una fotografía callejera cada hora. Fotos tomadas el 7 de abril, de preferencia documentando las vidas de las mujeres en el mundo.

En el papel no parece demasiado complicado, fuera de no dormir, la migraña crónica y la presión del reloj. “El verdadero reto es de 3 a 6 de la mañana”, explican.

0:10 am Plaza de los Fundadores, un sitio donde a medianoche del viernes todavía hay un poco de vida: un par de cafés y algún bar abierto.

Me alejo buscando mi primera foto. Del otro lado de la plaza, una chica joven sentada en una banca con su perro. Una luz rodeada de oscuridad. Clic.

En un café, una pareja baila desenfadadamente, disfrutando los minutos antes de cerrar. Uno de mis colegas se acerca a tomarla. Lo incluyo en el cuadro. Clic.

Bajamos caminando hasta 5 de mayo. Paseantes nocturnos, clic, parejas conversando afuera de bares, clic. Negocios y puestos callejeros cerrando, clic.

Nos cruzamos con otro grupo de fotógrafos. Inevitable, son pocos los sitios abiertos. Ya van a retirarse a dormir unas horas. Nosotros trabajamos a cierta distancia y en lados opuestos de la calle, para no repetirnos.

1:30 am Nos encontramos sentados en Jardín Senea. La música de un bar sacude los árboles mientras preparamos imágenes en el teléfono. El centro está habitado por jóvenes de fiesta, personal de limpieza del municipio, clic, y personajes siniestros que deambulan de madrugada. Algunos nos abordan pidiendo dinero o tratando de entablar conversación.

3:15 Terminal de Autobuses. Aunque hay pocas corridas nocturnas siempre hay movimiento local y foráneo. Los que esperan a alguien y los que cuentan las horas para el siguiente bus. Clic.

En los teléfonos seguimos, vía Instagram, las imágenes que llegan del sureste asiático y el Medio Oriente. Hay excelentes fotógrafos callejeros en Tailandia, Irán y Turquía.

5:04 Mercado de la cruz. Dos camiones descargan mercancía en el estacionamiento. Apenas señales de vida. Clic.

5:17 Un anciano camina a la luz de los faroles. Clic. Cuatro personas rodean un tambo con fuego adentro. Nos detenemos un momento, pero una patrulla nos sigue algunas calles.

5:30 Tomamos un bulevar hacia una zona de bares donde el año anterior los colegas capturaron un par de imágenes. No hay nada. La ciudad duerme como estereotipo provinciano de antaño.

6:40 Esperamos al amanecer a unos metros de un café en Los Arcos. Buscamos aprovisionarnos y cargar las baterías de cámaras y celulares.

9:10 El café nos revitaliza. Nos toca visitar un parque. Seguir en movimiento para no coger sueño. Hace frío y la gente se ejercita abrigada. Clic. El personal del municipio hace jardinería. Clic.

La siguiente hora es la que más me pesa. No encuentro una imagen que me satisfaga, y queda poco tiempo. “Ese es el chiste”, dice mi tocayo (es su tercera vez), “con el cansancio y la presión llegas a tus límites creativos y físicos. Por eso también vale la pena.”

10:20 Desayunamos. Cada tanto tendremos que reanudar la recarga de baterías y beber líquidos. El plan incluye comidas pequeñas para mantener el nivel de energía. Lo demás lo aporta la camaradería y el buen humor. Importa mucho con quién hagas el reto.

12:05 Calor intenso. Cruzamos un puente peatonal hacia el Mercado Escobedo. Clic. No vamos a entrar al mercado, mis colegas han tenido malas experiencias: “La gente se pone brava si llegas con cámara”.

Las calles adyacentes bastan: los negocios, tráfico, peatones y puestos callejeros son un verdadero oasis. Clic, clic, clic, clic.

4:05 Puerta Victoria. Comemos y descansamos en un centro comercial para cambiar el paisaje. El lugar resulta doblemente hostil. Desde que entramos nos siguen guardias de seguridad. No importa que seamos clientes.

Los tres somos fotógrafos discretos, no molestamos a la gente ni fabricamos reacciones con la cámara o flashes. Tratamos de ser invisibles y mantenernos en movimiento. Un guardia se acerca a mis compañeros y les dice que no pueden tomar fotos. “Porque no” explica.

5:35 En un pasillo, dos jóvenes meseros de gorra naranja. Uno sostiene la cabeza del otro con las dos manos. Un hombre mayor de pie a un lado los mira con intensidad y alecciona. Por un segundo despiertan mi curiosidad, clic, pero no hay buena luz y no me convence la imagen. Sigo adelante.

5:48 Falta poco para el límite, reviso fotos en el celular. Se acercan dos personas el hombre y uno de los jóvenes de gorra naranja, amenazantes.

—¿Por qué le toma fotos a los muchachos?

Le digo que no les tomo fotos.

Me exige que le enseñe la cámara. No tiene derecho a hacer eso, pero no busco problemas. Le muestro las últimas fotos. Nada interesante: una pareja de pie en un pasillo, una oscura y desenfocada donde no se distingue mayor cosa.

—Esa—dice el mesero— ahí estamos. Lo miro intrigado.

—Bórrala— exige el hombre. No tengo inconveniente. La borro.

—¿Por qué andas tomando fotos?

Le enseño la acreditación. Explico lo que hacemos y por qué. Me mira con recelo. Le da el gafete al joven que lo fotografía con su celular y lo devuelve de mala gana.

—No deberías fotografiar a la gente sin su permiso.

Finalmente: mi primer “cliente” disgustado.

Con la fotografía callejera siempre vuelve uno al mismo tema. No se trata de tribus primitivas imaginando que les roban el alma, es la paranoia y el miedo del México contemporáneo. No voy a abordar el debate de los espacios públicos y los derechos y renuncias a la privacidad.

7:17 El centro de la ciudad está a reventar. Oscurece. La luz es plana. En cada esquina una representación: payasos, magos, músicos y mimos. Los evitamos. Son el recurso facilón del fotógrafo callejero novato o flojo.

10:35 Plaza Constitución: Hay una feria del libro dentro de una carpa. A un lado se levanta otra, vacía y oscura. Busco la imagen para cerrar el día. En la carpa vacía hay una escalera tirada, sólo hay luz en sus ventanas de plástico. Entre las carpas un corredor por el que desfilan peatones. Veo sus siluetas atravesar las ventanas.

A veces vale la pena esperar. Minutos después pasa una mujer. Camina erguida, rígida con un collarín. Al llegar a la última ventana no ha pasado nadie más. También la suerte cuenta. Clic.

Cuenta final: 29:30 horas despierto. 12 kilómetros caminados. 420 fotos, una cada 3 minutos (sirven quizá 45, subí las 24). Prueba superada.

@rgarciamainou

Ricardo García Mainou

Escritor

Las horas perdidas

Estudió Ciencias de la Comunicación con especialidad en Radio y Televisión Educativa en la Universidad de las Américas Puebla.

Ha escrito, editado, traducido y diseñado para diversas publicaciones literarias, periodísticas y especializadas: locales y nacionales (Libros de México, Revuelta, De viaje, Cinéfila, La masacre de Cholula, etc.).