Resulta difícil confiar en lo que declaran o prometen los políticos. Durante la última visita de jefes de Estado que realizó a México, el entonces Presidente de Brasil Luiz Inácio Lula da Silva, el gobierno brasileño emitió un comunicado: ahora sí su país asumiría con seriedad las tesis de la apertura comercial y el impulso al comercio internacional.

Más rápido cae un hablador que un cojo , reza el refrán. Brasil tiene una muy larga tradición de proteccionismo comercial que, claramente, no logró modificar la citada declaración de Lula. Tan sólo una probada de esas mieles proteccionistas brasileños se le ofreció a México a principios de esta semana. La noticia es que el gobierno de Brasil intenta reducir las exportaciones mexicanas de vehículos automotores. El fundamento legal para esas exportaciones es el muy comentado recientemente Acuerdo de Complementación Económica con el Mercosur número 55, relativo a automotores y autopartes.

A veces en esta vida no hay cosa más dañina que el éxito. Al amparo del mencionado acuerdo las exportaciones de México a Brasil de vehículos automotores habían venido ampliándose en forma dinámica hasta llegar en el 2011 a 147,000 unidades con un valor de 2,623 millones de dólares, partiendo de 150 millones en el 2005. La reacción proteccionista del gobierno de Brasil se ha concretado en dos metas. Reducir esas ventas a 65,000 vehículos (con una contracción brutal de casi 56%) y que el contenido de producción nacional de esas unidades se eleve de 30 a 45 por ciento.

Este último requerimiento puede ser todavía más agresivo que el anterior. Podría tratarse de un caso típico de lo que los expertos llaman barreras no arancelarias al comercio. Tal vez a los fabricantes les resultará muy difícil o imposible cumplir con esa exigencia.

La reacción lógica o más indicada para esa medida debería ser punitiva ¿Cuáles importaciones de Brasil a México podrían limitarse mediante una medida semejante? Pero no se aprecia por parte de las autoridades mexicanas más que una actitud derrotista de doblar las manos dócilmente.

Y lo peor es que la reacción de los funcionarios y representantes del sector automotor también se ha concretado en impulsar mayor proteccionismo. La propuesta no es nueva: limitar o bloquear las importaciones de automóviles usados provenientes de Estados Unidos. Como se aprecia, las poderosas fuerzas del proteccionismo se encuentran en activa acción. Todo en detrimento del bienestar de los consumidores.

bdonatello@eleconomista.com.mx