Hace unos días hablaba con un niño que, contaba con cara de enojado, que a él no le interesaba aprender de las guerras que hicieron los que ahora están muertos. Según su lógica, él no tiene la culpa de que en el pasado las personas fuesen intolerantes o incapaces de dialogar.

Admito que al escuchar a personas con varias décadas adicionales en sus espaldas no veo mayor diferencia hacia su trato del pasado. Clichés como no hay tinieblas sino en la ignorancia , como decía William Shakespeare, o ser cultos para ser libres , como dijo José Martí, parecen fenómenos atemporales en una era donde la importancia de la memoria se minimiza constantemente. Especialmente cuando los eventos a ser recordados están llenos de sangre, dolor y la peor maldad de nuestra humanidad.

En los últimos años, el incuestionable prohibido olvidar ha ido mutando hasta convertirse en prohibido recordar . Hay un constante deseo por escuchar sólo buenas noticias, desinteresarse del pasado y culpar a los diferentes por nuestros problemas. Sin embargo, poca atención se le presta a quienes destacan la gran diferencia entre el olvido motivado por el desinterés y el impuesto por quienes controlan el mensaje oficial.

Ahora son casi proféticas las advertencias que como estudiante escuché de mi antiguo profesor, Elie Wiesel, cuando con voz triste nos reiteraba sobre los grandes peligros de la indiferencia. El odio y todas sus manifestaciones se alimentan de la apatía de los individuos. Si no me afecta, no me importa.

Uno pensaría que en un mundo donde cada vez hay más personas que ganan acceso al mundo digital y pueden obtener información de forma inmediata los peligros a la memoria tenían sus días contados. Nada más lejos de la realidad. Cierto que no estamos en los tiempos de las antiguas dictaduras militares latinoamericanas donde los periódicos mostraban un presente idílico en el que las buenas intenciones del gobierno eran amenazadas por traidores, insurgentes, terroristas o guerrilleros.

En la actualidad es más sencillo desinformar sobre temas urgentes como el color del vestido de la primera dama, la última cirugía de la actriz de moda o eliminatorias al Mundial de Rusia 2018. Las nuevas tecnologías digitales nos viabilizan programas de telesalud para niños autistas en Brasil y mejoran las condiciones de vida de los agricultores en Guatemala. Pero este mundo digital parece haber resucitado, rescatado de la antigua Roma su pan y circo.

Admito que me causa temor el desinterés, la desinformación y los deseos de escuchar siempre buenas noticias. Nos encontramos en un mundo cada vez más caótico donde se promueve la ceguera colectiva frente a iniciativas que coartan el derecho de las personas de recordar, expresarse libremente y compartir su opinión.

Estamos en una realidad donde un corrupto puede exigir que las noticias relacionadas a sus actos delictivos sean completamente borradas de los buscadores de Internet, donde los gobiernos violan sus propias leyes al espiar libremente a sus ciudadanos y donde se extorsiona fácilmente a un proveedor de servicios de Internet al amenazarlo con demandas legales si el contenido colocado por uno de sus usuarios no se elimina prontamente.

Facilitar la impunidad, condonar la censura y expandir las violaciones a la privacidad de los individuos son algunas de las consecuencias no tan amables de las tecnologías digitales.

Las ventajas de las tecnologías digitales son ampliamente conocidas y aún no han sido explotadas a cabalidad. Pero esto no evita que exista la posibilidad de que se abuse de sus capacidades en detrimento de la sociedad. Es ante esta eventualidad que las autoridades gubernamentales deben actuar para proteger los derechos de sus constituyentes.

La existencia de responsabilidades incómodas o de un pasado vergonzoso simplemente no justifica el olvido.