De acuerdo con un informe elaborado en el 2014 por la Organización de las Naciones Unidas para la Alimentación y la Agricultura (FAO, por su sigla en inglés), en México 86% de las emisiones de dióxido de carbono (CO2) proviene de fermentaciones entéricas, estiércol depositado en pasturas y cultivos, y 9.4% de estas emisiones corresponde con fertilizantes sintéticos.

La relevancia de estos datos radica en que las emisiones de CO2 tienen relación directa con el calentamiento global e incremento del efecto invernadero (Caballero et. al., 2007).

Adicionalmente, factores como el fortalecimiento de la conciencia ambiental, la preocupación por los daños de los agroquímicos sobre la salud humana y las consideraciones sobe la destrucción de las comunidades rurales (Arze, 2001) han influido y consolidado la demanda de productos orgánicos.

Derivado de lo anterior, a nivel mundial, hay una tendencia creciente de la producción y comercialización de productos orgánicos; cada vez más los consumidores toman conciencia de la forma en cómo se producen los alimentos, dando preferencia a las que contribuyen a la salud y a una menor emisión de gases con el objetivo de mitigar el efecto invernadero.

La oportunidad de negocio de productos orgánicos para las pequeñas y medianas empresas en México se fortalece al integrarse como proveedoras de una empresa grande que industrialice o comercialice el producto a un mercado de exportación, denominadas como empresas tractoras.

El concepto productos orgánicos es controvertido, diversos investigadores lo definen como un sistema de gestión integral que promueve la producción sostenible basada en prácticas de manejo de forma armónica, cuyo objetivo es alcanzar una productividad económica y social sin olvidarse de la conservación y recuperación de los recursos naturales. Otros autores lo han definido como la alternativa saludable en el futuro inmediato que conlleve a la sustentabilidad.

El concepto de sustentabilidad refleja el uso de bienes y servicios para necesidades básicas y proporciona una mejor calidad de vida; al mismo tiempo, minimiza el uso de recursos naturales, materiales tóxicos y reduce gases contaminantes como el CO2.

Una práctica valiosa en la agricultura orgánica es el uso de abonos orgánicos producidos a base de microorganismos capaces de proporcionar sustancias nutritivas mediante la actividad biológica (Martínez y Dibut, 1996). La implementación de técnicas apropiadas aminora el uso de fertilizantes químicos y ayuda a disminuir el aporte de contaminantes al medio ambiente a la vez que reduce los costos de producción de manera paulatina.

Actualmente en el sector agrícola del estado de Colima un gran número de pequeñas, medianas y grandes empresas (pyme) incluye el uso de abonos orgánicos, control biológico y aplicación de repelentes vegetales para el control de plagas y enfermedades, gestionando de manera integral estas buenas prácticas de manejo en las unidades de producción.

En las pyme de la red limón del estado de Colima, FIRA, como parte de la banca de desarrollo que coordina la SHCP, promueve prácticas sustentables a través de sus productos y servicios financieros y programas de asesoría técnica, impulsando el uso de abonos orgánicos como fuente complementaria a la nutrición de las plantas y reducción del efecto del huanglongbing, también conocido como HLB.

*Beltario Vázquez Aguilar es promotor de la Residencia FIRA en Colima. 2La opinión aquí expresada es del autor y no necesariamente coincide con el punto de vista oficial de FIRA.

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