El segundo presidente de Estados Unidos, John Adams, dijo: “Necesito estudiar política y guerra para que mis hijos tengan la libertad de estudiar matemáticas y filosofía, y sus hijos el derecho de estudiar pintura, poesía y música”. Fue una generosa visión familiar.

Lo que el presidente Adams pensaba también es válido para las sociedades y las futuras generaciones. En la perspectiva actual, significa modernizar el ascensor social mediante fuertes inversiones en educación, factor detonador del desarrollo económico y social.

De acuerdo con un estudio del Banco Mundial entre 192 países, se determinó que sólo 16% del crecimiento económico se puede atribuir al capital físico (maquinaria, equipo e infraestructura); 20% proviene del capital natural, y 64% puede atribuirse al capital humano y social. Asimismo, la alta inversión en recursos humanos explica los logros de sociedades avanzadas como Canadá, los países nórdicos, Holanda y Bélgica.

Se requieren fuertes redes de protección social para las familias, así como promover la inclusión social que supere, aunque sea parcialmente, la segregación de origen social que crea las diferencias de clase.

La familia incide en el desempeño de niños y jóvenes, en sus comportamientos afectivos, personalidad, criterios éticos, razonamiento creativo y crítico. Mejorar la equidad requiere vigorosas políticas de fortalecimiento de la unidad familiar, hoy agobiada en nuestro país por la pobreza y las tensiones para encontrar trabajo e ingresos.

En los países desarrollados el apoyo a la familia es fundamental y eje de la solidaridad. Hay cuidado médico garantizado para asegurar la salud de la madre y sus hijos en la edad temprana, hay permisos especiales para los jefes de familia, se preserva la ocupación materna, se ofrecen subsidios por hijos y hay seguro al desempleo.

Ante la ola individualista que nos agobia, se revalora políticamente el capital social que permite la cohesión social al considerar a los seres humanos como animales sociales capaces de deliberación mutua. Se trata de actualizar los valores compartidos, las normas sociales, las asociaciones, la autoconfianza colectiva. Ello conduce al trabajo voluntario. En Israel, por ejemplo, 25% de la población aporta servicios voluntarios.

El desarrollo del capital social contribuye a revalorizar la cultura popular, esencia de lo que somos, eleva la autoestima de los sectores menos favorecidos, incrementa la cooperación, crea solidaridad al interior de la sociedad.

Estadísticamente se ha comprobado que hay correlación entre bajos niveles de desigualdad en un país y el desarrollo del capital social.

El gobierno mexicano ha diseñado apoyos importantes como es la capacitación en las empresas privadas para jóvenes, la ayuda económica a los adultos mayores, la pensión para el bienestar a personas con discapacidad de escasos recursos y el desarrollo urbano en zonas marginadas. Es un buen inicio para avanzar en la creación del capital social.

SergioMota Marín

Economista

Economía y Sociedad

Escritor y licenciado en economía, egresado de la Universidad Nacional Autónoma de México. De 1984 a 1990 fue embajador de México ante el Reino de Dinamarca, donde se le condecoró con la orden Dannebrog.