La forma en la que se ha reglamentado el confinamiento nos pone a pensar en nuestras prioridades y conducta.

El desconfinamiento paulatino, llevado a cabo en distintos países a raíz del Covid-19, revela no solamente algunos de nuestros rasgos como humanos, sino las características de la sociedad contemporánea.

En lugares como España, —a excepción de las grandes metrópolis como Madrid y Barcelona— algunos bares han reabierto siempre y cuando se trate de terrazas al aire libre. En Francia, cualquier lugar para salir a comer o tomar un trago permanece cerrado, no así los transportes públicos ni los mercados, que algunos han reabierto —sobre todo los ambulantes que habían estado prohibidos. Los comercios en ambos países, como las peluquerías, han comenzado a reabrir. La forma en la que se ha reglamentado el confinamiento no sólo nos pone a pensar sobre las prioridades, sino también sobre la conducta que al abrirse el encierro muchas personas han demostrado.

Por ejemplo, en España y en algunos lugares de Francia, muchas personas se quejaban sobre la falta de peluquerías, como si fueran una actividad de primera necesidad. Lo mismo sucedió ayer cuando una gran cadena textil española fue tendencia en redes sociales por las largas filas de personas paradas afuera de la tienda esperando a que abriera para poder comprar ropa. Los parques y jardines fueron reabiertos y, en algunos casos, la apertura fue solamente para los deportistas (específicamente, para los corredores). El saldo positivo es que con tal de salir a la calle, muchas personas que antes no solían hacer ejercicio, están saliendo a correr porque está permitido hacerlo. El saldo, que es cuestionable, es el hecho de que tiendas de ropa estuvieran atestadas, como si tener la nueva playera con el color de moda en el verano, fuera de primera necesidad. Maslow, un psicólogo estadounidense, había descrito cuáles eran las necesidades básicas de todo ser humano, que deben ser cubiertas a fin de procurar su bienestar. En la base de la pirámide se encontraban las necesidades fisiológicas, como la alimentación, el sueño, la homeostasis y el sexo. En un siguiente nivel se encuentran las necesidades de seguridad, aceptación social, estima y reconocimiento; por último, la realización. La pirámide sirvió para explicar en una primera instancia qué es lo que necesita una persona, pero se complica en la era actual con la sociedad de consumo.

Todos necesitamos comer y dormir fisiológicamente. Pero cómo comemos y cómo dormimos depende de una serie de variables sociales, culturales, económicas y ambientales que hacen la diferencia entre necesidades básicas y de consumismo. De la misma manera, todos necesitamos vestir y calzar dignamente para protegernos del clima, o de una higiene personal que prevenga enfermedades. De ahí, a tener que vestir con el color o el estampado de moda, hay una serie de escalas que pasan por la aceptación social, hasta la necesidad de hedonismo por hacer una compra.

Ni la amenaza latente sobre la salud, ni las economías globales paralizadas con el arribo inminente de la crisis, ni las incertidumbres sobre el empleo impidieron, por tanto, que un grupo de personas fuera a comprar lo último en moda. Más que un juicio simplista sobre la banalidad del acto, esto resume en muchos sentidos el sentido de sociedad de consumo en la que vivimos actualmente, en la que a pesar de todas las amenazas, se consume para existir, se consume para disfrutar y, tal vez, para llenar un vacío de la incertidumbre de los tiempos.

Liliana Martínez Lomelí

Columnista de alimentación y sociedad

PUNTO Y COMO

Columnista de alimentación y sociedad. Gastronauta, observadora y aficionada a la comida. Es investigadora en sociología de la alimentación, nutricionista. Es presidenta y fundadora de Funalid: Fundación para la Alimentación y el Desarrollo.