Estamos rodeados de mujeres extraorinarias, madres, abuelas, hermanas y amigas que son pilares de nuestras vidas y familias, que sostienen estructuras fundamentales de nuestras comunidades y nuestro país. Pensar en un día sin ellas nos recuerda que, mientras sigan en riesgo, viviremos incompletos.

La vida es sagrada y la vida de cualquier mujer es doblemente sagrada porque engendra vida. Sólo en ellas pueden habitar dos almas en un mismo cuerpo. El problema es que a veces olvidamos esta dimensión extraordinaria y, con ella, el valor de la propia vida humana.

México, país de grandes contradicciones, elogia con sus labios y canciones a sus mujeres, pero su corazón parece apartado de ellas. Pasa de un “a toda madre” a un “chinga a tu madre” en un abrir y cerrar de ojos. La madre se convierte de un instante a otro en el mayor elogio o en el peor insulto.

De esta manera pensamos en nuestro país, así hablamos y así vivimos, entre el fuego y el hielo, entre el amor y el odio, malacostumbrados a bendecir, pero también maldecir en una misma frase, llenos de talento para crear y, al mismo tiempo, una energía inexplicablemente poderosa para destruir.

Quizá por eso nos malacostumbramos a las peores atrocidades, quizá por eso pretendemos que la mentira repetida sistemáticamente suene a verdad, porque en ese enredo de contradicciones olvidamos en qué momento perdimos la brújula.

México, un país tan bendecido por la presencia de santa María de Guadalupe, es al mismo tiempo un infierno en el que se cometen las peores atrocidades. ¿En qué momento dejamos de honrar y valorar la vida desde el vientre materno?, ¿en qué instante perdimos el sentido humano de nuestra dignidad y la de los demás? Difícilmente lo recordamos.

En un espacio tan surrealista como éste, el espíritu feminista se asocia con lo mejor y lo peor. En un mismo tiempo y discurso, conviven la lucha por la vida de unas y la lucha por acabar con la vida de otros de manera sofisticada, silenciosa y legal porque creemos equivocadamente que cada quien puede hacer con su cuerpo y con la vida de otros lo que le venga en gana, sin que haya consecuencias. Defender la vida de manera selectiva nos está costando cada día más muertes.

Estamos rodeados de mujeres extraorinarias, madres, abuelas, hermanas y amigas que son pilares de nuestras vidas y familias, que sostienen estructuras fundamentales de nuestras comunidades y nuestro país. Pensar en un día sin ellas nos recuerda que, mientras sigan en riesgo, viviremos incompletos; es sentir el vacío que provocamos por no ver, no escuchar y no sentir su reclamo legítimo. Por eso no hay otra prioridad que poner a las mujeres primero, pero no sólo en el discurso sino en toda nuestra realidad.

Un país que no pone primero a sus mujeres está condenado al fracaso. Por eso hay que unir nuestras voces a las de ellas para dejar claro que... se equivocan quienes creen que las mujeres son las más vulnerables cuando su fortaleza interna y resiliencia son el verdadaro soporte de nuestras familias. Se equivocan quienes menosprecian el poder femenino, pues ellas son capaces de hacer posible lo que parece imposible. Se equivocan quienes quieren desviar la atención e intención de esta causa porque su soberbia no soporta ser opacada por la luz de ellas. Llegó la hora de poner primero a las mujeres y hacer a un lado a quienes se empeñan en dejarlas en segundo plano. Esta batalla apenas empieza. Primero las mujeres, primero la vida.

Twitter: @armando_regil

Armando Regil Velasco

Licenciado en Negocios Internacionales

Ágora 2.0

Licenciado en Negocios Internacionales graduado con mención honorífica por el Tec de Monterrey. Estudió Economía y Políticas Públicas en Georgetown University. Cuenta con diversos diplomados de institutos como: la University of International Business and Economics de Beijing.