A AMLO todo le sale al revés, pero tiene la extraordinaria virtud de darle la vuelta a las cosas y siempre utilizar un relativamente creíble lenguaje de víctima, por el que conserva cerca del 57% de la opinión de la ciudadanía, pese a sus constantes errores, metidas de pata, destrucción de instituciones, la prolongada recesión económica que arrastramos desde su primer año de presidencia y las –en cifras extraoficiales- 200,000 muertes por la pandemia (cuando tuvo tres o cuatro meses para prepararse)-, pérdidas monstruosas de la perla de la Corona y de su mandato, Pemex y un largo etcétera que ocupa cada uno al menos un día de los pocos periódicos existentes de oposición que han sobrevivido a sus recortes, manipulaciones y violaciones claras a la libertad de expresión. 

Añadamos los muertos del crimen organizado –que desde que él está en el cargo han subido hasta 15%- en algunos delitos, sus esotéricas consultas y su esclavista relación con Trump, pero el hecho es que mantiene una alta popularidad. Aunque la prueba infalible la constituirán las elecciones a 10 gubernaturas, otros tantos legislativos estatales, toda la Cámara de Diputados y muchas presidencias municipales. Serán la prueba de fuego, si son democráticas y el crimen –que ya está adueñado de muchas estructuras del poder- ni AMLO y su Morena no impiden que los mexicanos en edad de votar lo hagan en libertad, sin sufrir coacciones directas o indirectas, y el conteo de la votación sea realizado por alguien completamente neutral. 

Dicho lo cual, ¿qué hemos aprendido de esta pandemia? Como lo ha señalado reiteradamente el Ministro Cossío, reconstruir y utilizar los mecanismos constitucionales previstos para enfrentarse a epidemias, que AMLO no ha tocado ni con el dedo el Consejo de Salubridad General. Debe reconstruirse de 0 ( se puede y la muestra es Singapur, con el tercer mejor sistema sanitario del mundo y de los más baratos) hasta lograr, como han recomendado muchos, la creación de un sistema universal de seguridad social, que se pudiera financiar con un aumento a los impuestos indirectos con una tasa 0 para alimentos y medicinas. Sin un buen sistema de seguridad social, como dijo el presidente de Argentina, entre la vida y la muerte optas por la muerte. ¿Será que con la muerte de los conservadores el gobierno del país sea manejable como un chicle? La actuación del Presidente –como sus risas guasónicas- parecen llegar a esa impresión. Dinero no falta (los juguetes de AMLO costarán cerca de 4% del PIB, la mitad de lo que se empleó en los mejores momentos de nuestros sistemas de salud). 

La primera lección es contar con un sistema universal de seguridad social. La segunda: no ver a los empresarios como enemigos y promover la inversión y políticas públicas que apoyen a las empresas informales (60% del país): la urgencia de un Consejo asesor Fiscal vinculante, y tercero, crear, como en los regímenes semiparlamentarios, un consejo de ministros. Eso de que el país dependa de las ocurrencias de un viejito poco chistoso, según haya dormido la noche anterior, me recuerda en toda su crudeza la frase de Luis XIV y Richelieu: el Estado soy yo, que podríamos completar con “el pueblo soy yo”. 

En una palabra, acotar el poder presidencial, porque si no, como en todas las presidencias imperiales, tarde que temprano los Grandes Tlatoanis terminan por hundir al país mientras ellos se van a la Chingada.