Cada vez que asesinan a un periodista matan un poco de nuestra libertad de expresión. Nadie debería de morir por expresar sus ideas o por saber algo que nos afecta a todos; tampoco debería morir por nadie un reloj, un carro, una discusión idiota, una guerra de pandillas. Toda muerte violenta, independientemente del oficio o calidad moral del muerto, es una tragedia. No debería haber muertos de primera y de segunda, pero en un país donde la muerte es el pan nuestro de cada día nos hemos acostumbrado a vivir con ello. Hemos perdido nuestra capacidad de admiración y sólo cuando la muerte nos toca de cerca por parentesco, geografía u oficio le ponemos nombre y apellido a la víctima y le damos voz a nuestra indignación.

La muerte del periodista Gregorio Jiménez ha causado revuelo y enojo en contra de las autoridades de Veracruz, y hay razones de sobra. Gregorio no es distinto al resto de los muertos, pero muestra el nivel de impunidad y la incapacidad del Estado. La primera obligación del Estado es la seguridad a todos los ciudadanos: cada vez que alguien es asesinado, por la razón que sea, el Estado ha fallado.

La reacción del gobierno Javier Duarte ha sido vergonzosa, de eso no hay duda. Su trabajo fundamental, al parecer nadie se lo ha explicado, no es esclarecer asesinatos sino evitar que sucedan. Las explicaciones pueden servir para evitar muertes futuras, pero no para disculpar al Estado. Si Gregorio Jiménez estaba investigando o no negocios del crimen organizado ayuda a entender la causa, pero no a justificarla. Al igual que en Veracruz, el mensaje cifrado que mandan los gobernantes cada vez que asesinan a un periodista es no se metan con el narco , cuando lo que deberían de decirnos es vamos a acabar con el narco .

Hay también una tendencia, casi tan desagradable como la reacción del gobierno veracruzano, de victimización de los periodistas: la cursilería del gremio afloró a raudales en las redes sociales en estos días. La libertad de prensa requiere de un medio ambiente que permita su ejercicio para el bien de una sociedad. La violencia, el neoautoritarismo y la pauperización económica de muchos medios del país por la crisis de modelo de negocio en el que estamos metidos hacen que el hábitat para el ejercicio de la libertad de expresión no sea el idóneo, y que el riesgo de la profesión crezca.