Tuve un sueño: estábamos en un lugar indeterminado un grupo de individuos, hombres y mujeres, platicando con animación, el mejor ambiente que ustedes imaginar pudieran. En orden, tomaban la palabra distintas personas, se las escuchaba con atención, decían cosas importantes, inteligentes y profundas, quien una meditación trascendente, quien alguna frase llena de humor, eficaz remedio contra el fanatismo -estando de moda los plagios, esta idea me la he robado de Amos Oz-, el nacionalismo y todos los demás ismos además de la virtud de saberse reír de uno mismo.

Y a propósito de ismos, Ramón Gómez de la Serna escribe que el humorismo, amén de ser puente ideal en la transición entre lo que desaparece y lo que aparece -como ahora nosotros en el cambio sexenal, aunque es imposible, creo, que se mire algo verdaderamente nuevo- es la actitud más cierta ante lo efímero de la vida.

En suma, tuve la impresión, en el antedicho sueño, de que esa gente expresaba cosas medulares y que rendía todo su potencial como seres humanos.

¿Deberíamos pretender que cada mexicano se esforzara al máximo, máximo que es enorme en comparación con el jugo que hoy nos sacamos? De ningún modo: sería aburridísimo y además un desbarajuste, todos Einsteins, Saramagos, Fords y Jobs, ¡qué insufrible e inútil competencia!

Pero sí debemos luchar, como particulares, cada uno en la medida de su alcance, mucho o poco, por una educación de calidad en todos los niveles.

Por algún medio supe, no sé si sea cierto, que la pública supera a la privada.

¿A qué se debe este honor, por un lado, y vergüenza, por otro? Pues a la proliferación de planteles particulares patito que sólo buscan dinero y cuyos egresados tienen una ignorancia abismal: su hablar es ralo y rudo y su escribir con pésima ortografía, el cual mejora hasta un niño de primaria con buena instrucción.

Obviamente encuentran trabajos de quinta, si es que los encuentran. Se frustran y a la postre son materia dispuesta para ejercer actividades ilícitas, de otra manera malviven, siendo que la publicidad abruma con ejemplos del buen vivir material.

¿Sabrán estos jóvenes y sus padres exigir calidad a las escuelas, para que suba, aunque sea poquito, el potencial nacional? Si ahora cada uno de nosotros rinde, en promedio, apenas 15% de su capacidad instalada de cacumen, ¿qué sería del país si se duplica o triplica el porcentaje?

paveleyra@eleconomista.com.mx