La semana pasada les compartí una historia de terror, un relato no adecuado ni para el mes que corre, por su crudeza, y porque parecía que sin importar cuánto nos esforzáramos, siempre tendría el mismo trágico final.

Esta vez, les traigo una historia mejor. Fui testigo, de que el drama de la delincuencia puede tener un final alterno. Y lo mejor, sucedió en el teatro.

Era la noche del viernes 11 de octubre. A las afueras del Foro Shakespeare, la gente que abarrotaba el recinto llegaba hasta a la banqueta. Los dos lugares en la calle frente al foro estaban ocupados por dos vehículos nada comunes. Una camioneta en la que podía leerse: Secretaría de Gobierno, Subsecretaría de Sistema Penitenciario, Dirección Ejecutiva de Seguridad Penitenciaria. Frente a ésta, un camión de pasajeros con el enorme letrero de: seguridad. Los vehículos eran custodiados por un grupo de policías, que no estaban atendiendo emergencia alguna, eran los encargados de transportar a los actores de esa noche.

Hace 10 años, Itari Marta pensaba impartir en la penitenciaría de Santa Martha Acatitla una serie de talleres de actuación para los internos. El destino le tenía preparada una temporada más larga, y así nació la Compañía de Teatro Penitenciario, que a través del arte ha encontrado un modelo exitoso de reinserción.

Ese viernes, la Compañía de Teatro Penitenciario de Santa Martha presentó, como parte de lo que ha sido su primera temporada fuera del penal, una función de Ricardo III. La estructura corrió a cargo de Itari Marta y el contenido de los textos es creación de los actores.

Con sólo entrar al teatro uno podía sentir algo diferente, no sólo se trataba de la energía que genera hoy en día un teatro lleno, había algo más, mezcla de los gritos que compartían los actores (como parte de la misma obra) y el impacto que causa ver el operativo policial que los vigila durante toda la función.

“Nadie saldrá vivo de esta función, o al menos no de la misma forma en que llegaron”, la amenaza estremece al público, el actor tiene razón, es un espectáculo que marca un antes y un después.

Ricardo III es divertida, inteligente y carga durante toda la obra un subtexto sobre la violencia, la lealtad, el poder y la libertad que se queda macerando en quien la ve durante los días siguientes. Al final, los actores comparten una sesión de preguntas y respuestas con el público.

¿Por qué el teatro? ¿Qué sienten cuando están en el escenario? ¿Qué simboliza para ellos la libertad? ¿Por qué hacer teatro en lugar de continuar con el camino que los llevó a prisión? “Porque alguien creyó en nosotros”, respondió uno de los internos. Agradecieron al público y se despidieron para regresar a lo que llamaron su hogar, la penitenciaría de Santa Martha. Los policías los apuraron, y con unos pocos ademanes de poder, nos recordaron las estrellas de la noche regresaban a la condición de internos.

“Yo era de las que creía que con que metieran a la cárcel al asaltante mis problemas estaban resueltos, pero ahí es en donde comienzan. Lo que sucede en las prisiones es un reflejo de lo que vivimos afuera como sociedad”, dice Itari Marta. Uno de los actores que participó esa noche en la función tenía dos semanas de haber obtenido la libertad tras 29 años de encierro. Entró como delincuente, salió como actor.

Ricardo III se presentará los próximos dos viernes en el Foro Shakespeare (Zamora 7, colonia Condesa) y es no sólo un espectáculo que vale la pena ver, es una serie de acciones que devuelven la fe.

Pamela Cerdeira

Periodista, conductora, locutora, escritora y comunicadora mexicana

Columna invitada

Periodista, conductora, locutora, escritora y comunicadora mexicana. Conduce el programa "A Todo Terreno" en MVS Radio. Ha escrito para diversas publicaciones y trabajado en distintos espacios en radio y televisión.