La violencia contra las mujeres derivada del crimen organizado —narcotráfico o robo de combustible, entre otros— así como la violencia provocada por individuos o bandas, como los intentos de secuestro y las desapariciones en el Metro y otros espacios públicos, en la capital y en el resto del país, sigue tratándose desde una visión fragmentada y fragmentaria que elude sus causas estructurales. Así, mientras seguimos careciendo de cifras confiables acerca del feminicidio, la trata de personas, la violencia sexual, o las violaciones, se proponen desde el gobierno medidas reactivas, como los ministerios públicos móviles afuera del Metro, que sólo facilitarán la denuncia si la mujer escapa del intento de secuestro y si las personas encargadas están capacitadas para ser efectivas y no revictimizar.

Pareciera que a casi dos décadas del inicio de la institucionalización de la política de igualdad de género, con la creación del Inmujeres, e instancias como Conavim, Fevimtra y la aprobación y continua reforma de leyes, programas nacionales de desarrollo, y demás, no existiera suficiente información para reconocer que la violencia contra mujeres y niñas forma parte de la desigualdad estructural de género y que por ello no basta con aumentar policías o ministerios públicos, ni con hacer deficientes campañas contra el acoso, a las que no se da seguimiento, ni proponer, como lo ha hecho el discurso oficial directa o indirectamente, el regreso a la familia tradicional, donde el divorcio sería excepción y las abuelas cuidarían de los infantes.

El aumento de la violencia contra las mujeres desde el 2007 se relaciona con el contexto de violencia extrema que asuela al país y, en este sentido, es necesario que el gobierno siga reforzando “su estrategia de seguridad pública para luchar contra la delincuencia organizada”, como recomendó el comité de la Convención sobre la Eliminación de todas las formas de Discriminación contra la Mujer (CEDAW, por su sigla en inglés) en el 2018, lo que no implica militarizar al país sino, al contrario, diseñar una política de seguridad ciudadana. Ésta supone poner en el centro a la ciudadanía y, para garantizar una vida libre de violencia para mujeres y niñas, construirla con perspectiva de género.

La lucha contra la violencia no se puede limitar, sin embargo, a un cambio (ahora más lejano) en la política de seguridad pública. Sin ir más lejos que las recomendaciones de la CEDAW, se requiere también de un cambio de fondo en las políticas de educación, salud, medios, justicia, acceso al trabajo y seguridad social, de modo que la igualdad sea una realidad. Esto no se logrará si se mantienen, en discursos y representaciones, estereotipos que reducen a las mujeres a roles tradicionales, promueven una masculinidad autoritaria o violenta, limitan el acceso de las niñas a la ciencia, o configuran a “la familia” como remanso de paz.

Para eliminar los estereotipos, prevenir la violencia en la familia y en la sociedad, para crear condiciones reales para la igualdad, se requiere de políticas integrales que abarquen a la vez a todas las instancias que inciden en la socialización y en la vida cotidiana, elaboradas junto con la ciudadanía, y basadas en la evidencia, lo que hasta ahora no se ha hecho.

Ante la falta de visión de género del gobierno actual, evidente en el recorte a presupuestos de género y estancias infantiles, resulta preocupante que el largo proceso de nombramiento de la nueva directora del Inmujeres se siga complicando. Recién se dio a conocer una lista de finalistas elegidas por las consejeras a partir de una convocatoria que ahora cuestiona la actual encargada.

El Inmujeres, en mi opinión, no ha cumplido con las expectativas de quienes lo impulsaron. Es, sin embargo, una institución perfectible que hoy urge fortalecer ante la ausencia de visión de género en el gobierno. La futura titular deberá enfrentar el reto de diseñar, impulsar, coordinar y evaluar políticas públicas para la igualdad en todos los campos, en diálogo con la sociedad y las demás instancias gubernamentales, sin someterse a partidos o intereses, y con un compromiso real por la igualdad.

@luciamelp

LucíaMelgar

Crítica cultural

Transmutaciones

Es profesora de literatura y género y crítica cultural. Doctora en literatura hispanoamericana por la Universidad de Chicago (1996), con maestría en historia por la misma Universidad (1988) y licenciatura en ciencias sociales (ITAM, 1986).