La productividad no es un criterio que se utilice comúnmente

Como en su momento dijera Enrique Krauze en su profético libro Por una democracia sin adjetivos no es posible tapar el sol con un dedo. El gobierno carga con una gran responsabilidad histórica en esta crisis. A las causas externas e internas que con precisión y justicia apuntó el presidente, habría que agregar la mala planeación económica.

Era natural, si se quiere, que el gobierno se negara a seguir, al pie de la letra, las voces disonantes; no lo era el recoger, siquiera en parte, las ideas de quienes lo criticaban e introducir un adarme de sobriedad y mesura en su proyecto. Más grave fue el desatender los ejemplos internacionales que anunciaban los peligros. México, pensaron los planificadores, sería la excepción. Hay cuando menos cuatro críticas generales que se pueden hacer al plan totalizador de Peña: la improductividad de las inversiones, su origen crediticio, el ritmo con que se ejercieron y el rubro al que se aplicaron. Es obvio que crecer, invertir y emplear son metas deseables, pero el problema es cualitativo; como, a qué precio, para qué.

La productividad no es un criterio que se utilice comúnmente. Debería serlo. La fe proverbial en lo grande, en lo piramidal, en lo gigantesco, se detiene poco o nada en la rentabilidad. Había alternativas de inversión distintas y mucho más productivas.

Si el gasto público se financia con impuestos no es necesariamente inflacionario. Ese régimen hizo una apuesta temeraria: escogió financiarse con deuda externa y basó sus presupuestos en un boom petrolero. De pronto, el gran emporio se vino abajo. ¿Las pérfidas tasas de interés? No: la simple y llana improductividad. La desmesura. Otro rasgo criticable fue la celeridad, las marchas forzadas. En general, no fueron pocas las voces que, desde distintas posiciones, aconsejaron al presidente disminuir el sobrecalentamiento de la economía. Videgaray nunca las escuchó a pesar de que su propio plan preveía un periodo de consolidación.

El pero mayor en el destino de la inversión. ¿Por qué no se pensó en canalizarla, siquiera en parte, hacia el México pobre, con una oferta pertinente a sus necesidades o incluso premiándolo con dinero en efectivo? ¿Qué gana el México marginal con el crecimiento de las inversiones gubernamentales? Gana una redención futura, simbólica y quizá imposible.

Toda una corriente internacional de economistas y ecologistas sostiene desde hace tiempo la necesidad de replantear las premisas culturales y antropológicas de la planeación económica. Pero en México, fuera del importante libro de Gabriel Zaid El progreso improductivo, y de algunas ideas de Leopoldo Solís y Enrique González Pedrero, la vía sigue siendo el crecimiento triunfalista del sector moderno que, con el corazón de Peña incluía: ferrocarriles, petróleo, petroquímica. La modernización total de un sexenio.

*Máster y doctor en Derecho de la Competencia, profesor investigador de la UAEM y socio del área de competencia, protección de datos y consumidores del despacho Jalife& Caballero.