Tal parece que se olvida de un concepto de la década de los 90

Argentina ha vuelto —una vez más y no por buenas razones— a ocupar las primeras planas de los principales diarios financieros del mundo.

La estrepitosa derrota de Mauricio Macri en las elecciones primarias del pasado domingo auguran el retorno de Cristina Kirchner al poder, ahora como vicepresidenta, en la elección presidencial de octubre.

Una vez más, los mercados financieros han subestimado el riesgo político y las consecuencias son manifiestas: la Bolsa argentina cayó 37%, el tipo de cambio se depreció 15% y los bonos argentinos subieron 20 puntos porcentuales. En cuestión de minutos, miles de inversionistas y empresas sufrieron caídas estrepitosas en el valor de sus activos.

El concepto de “riesgo político” —el impacto de la política en los mercados— comenzó a tomar mayor preeminencia en la década de los 90 cuando, de manera consecutiva, ocurrieron varias crisis financieras que tuvieron como epicentro la política.

La crisis mexicana del “Tequila” (1994), la crisis asiática de 1997, la crisis rusa en 1998, y la crisis brasileña en 1999 fueron eventos con causales económicos muy diversos, pero un hilo en común: decisiones políticas gubernamentales resultaron factores detonantes de las crisis.

En los cuatro eventos, inversionistas y empresas fueron tomados “por sorpresa”, ya sea por que subestimaron los riesgos o simplemente no lo incorporaron como un factor que podría afectar la rentabilidad de sus inversiones y empresas.

Dos décadas después —transcurridos eventos tales como el ascenso de Hugo Chávez, la crisis financiera del 2008, el Brexit, la elección de Donald Trump, la elección italiana del 2018 y hoy Argentina, entre otros—, queda de manifiesto que el concepto de riesgo político sigue sin ser aquilatado del todo. ¿Por qué?

Algunas posibles explicaciones incluyen: 1) es difícil de cuantificar por lo que muchos inversionistas lo ignoran 2) los riesgos financieros, económicos, operativos, tecnológico y/o reputacionales, entre otros, son vistos como más relevantes 3) la visión del “aquí no puede pasar” o peor, “si ocurre, no será tan grave”, está más extendida de lo que uno supone 4) todos somos expertos en “política”.

Cada empresa, dependiendo del sector en el que se desenvuelve, tiene distinto grado de riesgo político, al igual que cada inversionista tiene el propio dependiendo de la composición de su portafolio.

Cambios legislativos, regulatorios, fiscales y/o contractuales, entre otros; decisiones repentinas del Ejecutivo; resultados electorales inesperados; conflictividad social en comunidades; afectaciones a la cadena de suministro por cuestiones de seguridad son sólo algunos ejemplos de las posibles fuentes de riesgo político que pueden llegar a incidir en el valor de los activos.

Contrario a lo que algunos suponen, el riesgo político sí puede ser medido e incorporado a la matriz de riesgos de empresas e inversionistas. Pero para que ello ocurra, se requiere de metodología y disciplina. La experiencia esta semana de Argentina vuelve a mostrar, una vez más, que no hacerlo puede traducirse en pérdidas catastróficas.

*Integralia Consultores.