He hablado recientemente del crédito porque es una de las formas más sencillas de destruir patrimonio (o evitar que lo podamos construir). Si lo usamos, debe ser con una estrategia clara y no simplemente porque es fácil conseguirlo. 

Las instituciones que se dedican a prestar, suelen anunciar sus productos de manera muy atractiva. Por ejemplo: “te damos hoy dinero para lo que necesites” o “recibe un adelanto de tu sueldo”. Además nos lo ofrecen, incluso, en un cajero automático: sólo tenemos que decir que sí y el monto se abona automáticamente a nuestra cuenta.

Lo que no nos dicen, sin embargo, es que utilizar el crédito implica gastar dinero que todavía no hemos ganado. De esta manera, comprometemos nuestro ingreso futuro. Parte del dinero que ganemos en los siguientes meses (o años) ya no es para nosotros, sino para pagar las mensualidades de ese préstamo. No lo tendremos disponible para otras cosas, ni podremos ahorrar. Nos restringe, nos quita libertad.

Por otro lado, el uso del crédito por lo general también viene con altos costos. No es gratis y terminaremos pagando mucho más de lo que nos prestaron, por los intereses, comisiones, impuestos, seguros y otros costos asociados. Mucha gente no lee ni siquiera las condiciones de los préstamos que toma y luego se enoja, por ejemplo, porque los intereses son elevadísimos o porque no le permiten adelantar mensualidades (a menos que lo pague en su totalidad).

Como hablamos en la columna anterior, sobre las deudas tóxicas y las que no lo son tanto, el crédito es una herramienta que nos puede ayudar si la usamos con inteligencia, pero que también nos puede hundir si lo utilizamos por las razones equivocadas o de manera indiscriminada.

Yo utilizo tarjetas de crédito casi todos los días, pero las uso como medio de pago. Recibo beneficios (seguros, cashback o puntos de programas de recompensas) pero no pago intereses ni comisión anual. Me han permitido también construir un buen historial. Pero mucha gente las usa como extensión de su ingreso, lo cual no termina bien.

El crédito no sustituye al fondo para emergencias

Hay algo que cada vez que lo escucho me pone los pelos de punta: cuando la gente me dice que tiene sus tarjetas de crédito para “emergencias”, porque esta no es una buena manera de pensar. Por lo general, es gente que no cuenta con ningún otro colchón y espera que el crédito le sirva para “salir del paso”.

He escrito en este espacio lo importante que es tener un fondo para emergencias que nos sirva para amortiguar eventos que pueden desequilibrar nuestras finanzas personales (desde cosas tan simples como la descompostura de un electrodoméstico hasta otras como pagar el deducible de una hospitalización repentina). Esto nos da flexibilidad financiera; adquirir una deuda nos la quita y es lo peor que nos podría pasar si las cosas realmente van mal (o si se junta, por ejemplo, con un evento como una reducción en nuestros ingresos).

Recordemos que el crédito no resuelve el problema, lo “patea” para otro día y lo hace más grande. Tengamos mucho cuidado. 

La libertad de no tener deudas

Cuando uno está libre de deudas, la sensación de no tener esas obligaciones y cuentas por pagar es indescriptible. El dinero que antes usábamos para pagar esos compromisos ahora lo tenemos disponible para lograr aquello que es verdaderamente importante para nosotros. Nos abre el camino para comenzar a construir nuestro patrimonio.

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Joan Lanzagorta

Coach en Finanzas Personales

Patrimonio

Ejecutivo de alto nivel en seguros y reaseguro con visión estratégica de negocio, alta capacidad de liderazgo, negociación y gerencia.

Además es columnista de Finanzas Personales en El Economista, Coach en Finanzas Personales y creador de la página planeatusfinanzas.com

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