(Primera de dos partes)

No cabe duda que vivimos tiempos muy complicados a nivel global. Aunque sabemos que la economía se mueve en ciclos y ciertamente hemos tenido otras crisis muy fuertes, ninguna con efectos tan fuertes como los que ha producido la pandemia, que se sentirán en un plazo bastante largo.

Simplemente en Estados Unidos, el déficit gubernamental se triplicará al final de este año a 3.3 billones de dólares, llegando hasta 98% del PIB. Los apoyos a la economía por la pandemia de Covid-19 se han financiado precisamente con deuda. Por otro lado, la Reserva Federal sigue creando dinero de la nada para inyectarlo a la economía y tratar de mantener a los mercados financieros relativamente estables. En el 2021, su balance podría llegar a exceder 10 billones de dólares en el 2021, llevándonos a territorios inexplorados en política monetaria (los más críticos dicen que podría generarse una hiperinflación en ese país).

Tenemos a una enorme cantidad de empresas pequeñas y medianas quebrando (en Estados Unidos, a pesar de los apoyos, y en todo el mundo). El número de personas que han perdido sus empleos ha crecido de manera exponencial. A pesar de ello, las Bolsas de valores están en máximos históricos. Es cierto que muchas empresas grandes han tenido sorpresivamente buenos resultados, pero quién sabe qué podrá pasar hacia delante.

Tenemos una incertidumbre sin precedentes y eso sin duda nos hace preguntarnos acerca de nuestras inversiones:

1. Desde hace ya bastante tiempo los mercados de deuda pagan tasas reales negativas (en otras palabras, los rendimientos no compensan los efectos de la inflación). Pero siguen siendo componentes importantes en un portafolio de inversión porque nos ayudan a reducir el riesgo.

En varios países de Europa, por ejemplo, las tasas de interés son negativas y algunos bancos ya han empezado a trasladar ese efecto a sus clientes. En términos prácticos, esto significa que si depositas tu dinero en un banco, te regresarán menos (sin contar las comisiones, que te seguirán cobrando y sin contar los efectos de la inflación).

2. En el mercado de capitales como ya dijimos está en máximos históricos. Muchas empresas tienen valuaciones bastante elevadas que quizá no sean justificables tomando en cuenta lo que podría pasar en la economía real, con el poder adquisitivo de las personas que consumen esos productos. Por otro lado hay estudios que indican que el comportamiento de las personas podría cambiar radicalmente en ciertos sectores. Los viajes de negocios que son importantísimos para las aerolíneas y hoteles quizá no vuelvan a los niveles previos a la pandemia durante los siguientes cuatro años o más (muchos podrán sustituirse con videoconferencias).

3. Los metales preciosos, algunos commodities así como los activos virtuales (criptomonedas) que tradicionalmente han sido considerados como “alternativos” empiezan a tener una mayor correlación con los mercados tradicionales, lo que dificulta la diversificación.

¿Qué hacer entonces con nuestras inversiones? La respuesta es sencilla: mantener la disciplina y la visión de largo plazo. La mirada fija en nuestro objetivo de inversión independientemente de lo que pase con los mercados financieros. Es decir: seguir con el plan que ya nos habíamos trazado, continuar contribuciones. Los momentos de gran incertidumbre generan emociones de miedo pero también de codicia y la historia demuestra que lo peor que uno puede hacer es tomar decisiones basados en estos sentimientos. Pero sí debemos cuidar la diversificación y el costo de nuestras inversiones, de lo cual hablaremos en nuestra siguiente colaboración.

Joan Lanzagorta

Coach en Finanzas Personales

Patrimonio

Ejecutivo de alto nivel en seguros y reaseguro con visión estratégica de negocio, alta capacidad de liderazgo, negociación y gerencia.

Además es columnista de Finanzas Personales en El Economista, Coach en Finanzas Personales y creador de la página planeatusfinanzas.com