La salida de Ochoa, por motivos políticos, contradice el discurso de cambio de la CFE que el gobierno ha utilizado para defender las reformas estructurales.

Enrique Ochoa Reza dejó la dirección general de la CFE por motivos políticos. No sé si esto será bueno para el PRI, pero estoy seguro de que es malo para la Comisión Federal de Electricidad.

Es malo por varias razones. La primera es el mensaje que se emite desde los más altos niveles del gobierno: encontrar un presidente para el Partido Revolucionario Institucional tiene prioridad sobre todas las cosas, incluyendo la estabilidad de una empresa que es clave para impulsar la reforma energética.

El presidente Peña y las principales figuras de su gobierno han dicho en innumerables ocasiones que esta reforma es uno de los grandes legados de la presente administración. ¿Cómo conciliar estos enunciados con el anuncio de la salida de Ochoa Reza? Parece que no hay suficientes cuadros de calidad para llenar todas las posiciones estratégicas. Para abrigar al PRI que tiene frío desde la derrota de junio, se está descobijando a la CFE.

No quiero minimizar la importancia de los procesos electorales que vienen, elecciones en el Estado de México en el 2017 y, por supuesto, la presidencial en el 2018. En juego está el futuro político del grupo cercano al presidente Peña. Tampoco quiero implicar que un director de empresa es imposible de remplazar. Mi propósito es llamar la atención sobre algo tan obvio como el traje nuevo del emperador: la salida de Ochoa, por motivos políticos, contradice el discurso de cambio de la CFE que el gobierno ha utilizado para defender las reformas estructurales.

Estas compañías dejaron de ser paraestatales para convertirse en empresas productivas del Estado. En teoría, esto no es un cambio de nomenclatura sino una metamorfosis: la CFE y Pemex ya no serán manejadas con criterios políticos; hay una apuesta de largo plazo en favor de una gestión profesional.

La remoción del director de la CFE nos recuerda lo vulnerables que son las empresas productivas del Estado a los vaivenes de la política. Enrique Ochoa fue un buen director de la empresa eléctrica, implementador eficiente de la reforma energética en la CFE. Supo balancear el manejo técnico de la empresa con el manejo político. Desarrolló además un dialogar productivo con el sector privado, un actor con un papel creciente en la industria eléctrica. La IP es inversionista, competidor y cliente de la CFE.

Al marcharse Ochoa, se quedan a medias muchos de los proyectos que él anunció. Hay asuntos de maduración a mediano y largo plazo, como el desarrollo de la red nacional de gasoductos y la sustitución del combustóleo por gas para reducir la contaminación asociada a la generación de energía eléctrica. También hay fogatas que podrían convertirse en incendios, por ejemplo el crecimiento de las pérdidas de la empresa. Rompieron récord en el 2015 y superaron los 93,000 millones de pesos.

El próximo director de la CFE será nombrado en los próximos días. No habrá casi tiempo para que viva bien su curva de aprendizaje. En las próximas semanas, le tocará asumir una decisión muy compleja: instrumentar otro incremento de precios para reflejar el costo creciente de los hidrocarburos a escala global o anunciar un nuevo nivel récord de pérdidas. ¿Qué decisión tomará? La Constitución dice que la CFE es una empresa productiva del Estado y que debe dejar de lado los criterios políticos, pero la forma en que salió Ochoa nos recuerda que no debemos minimizar la razón política.

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