El pasado 6 de abril se conmemoró el Día de la Actividad Física promovido por la OMS. La organización cuenta con un observatorio mundial para arrojar números acerca de la falta de actividad física alrededor del mundo. Es curioso notar que estas cifras se manejan como ausencia y no como presencia de actividad en el mundo.

Circulando por una autopista de una ciudad mediana estadounidense, un anuncio panorámico captó mi atención: “Sin juicios, sin discriminación. Aquí todos son bienvenidos, amamos tus rarezas”. En un milisegundo, no imaginé qué tipo de producto o servicio anunciaría, hasta que después pude descubrir que se trataba, nada más y nada menos, de la publicidad de un gimnasio. Las estrategias de marketing existen, por decir las mejores, para cubrir una necesidad o solucionar un problema.

¿Por qué un gimnasio anunciaría que ofrece sus servicios sin juicios, en el país con mayor prevalencia de obesidad en el mundo? ¿Por qué realizar actividad física tendría que ser objeto de discriminación o de juicios? La publicidad del gimnasio de marras no hace más que poner en negro sobre blanco uno de los fenómenos que suceden en nuestra sociedad contemporánea: el hecho de realizar actividad física parece hoy un bien de consumo exclusivo para unos cuantos que llevan cierto estilo de vida, que pueden pagar ciertos lugares para ir a hacer ejercicio, que lucen de cierta manera y que tienen la vestimenta, el equipo y el look adecuados. Fuera de esto, quedan las personas de bajo nivel socioeconómico, las personas con sobrepeso, los que usan ropa deportiva que les regalaron en alguna campaña, las mamás posparto, las personas sin psicomotricidad, sin coordinación, los ultradelgados, los que no publican fotos de sus licuados en Instagram y un largo etcétera más.

La OMS define a la práctica de la actividad física como la realización de al menos 150 minutos (dos horas y media) de ejercicio aeróbico —hay cómo calcularlo, pero en general es el ejercicio que agita, pero permite hablar sin ahogarse— a intensidad moderada o una hora a la semana de magnitud intensa. La actividad moderada con la intensa se pueden alternar y se recomienda que se distribuya en toda la semana. En general, la definición no involucra ni mallas ni tenis especiales, ni lugares con entrenamientos superavanzados, etcétera. Pensar en actividad física nos remite casi siempre a un entrenamiento especializado en gimnasio, pero en realidad la actividad física puede realizarse mientras cumplimos con nuestras labores cotidianas. Además de sus múltiples beneficios puede resultar divertida y la producción de endorfinas en nuestro cerebro provoca un sentimiento de bienestar y, al mismo tiempo, de adicción para seguirla practicando regularmente. ¿Entonces, si en la teoría es tan benéfica, por qué hay tantas barreras para su inclusión en un estilo de vida?

Respuestas que prejuzgan pueden incluir la negligencia de las personas —tal como sucede con la obesidad— pero detrás de esta falta de actividad, hay una variedad inmensa de causas. Desde la falta del hábito desde pequeños, hasta la ausencia de condiciones de seguridad en los espacios públicos destinados hacia esto, hasta la necesidad de mejorar las estrategias de activación física en la infancia, pasando por cuestiones de discriminación y control social derivadas de cómo se tiene que ver y cómo se tiene que hacer la actividad. Pensar en estas causalidades nos da la pista de hacia dónde se tienen que enfocar las estrategias de activación física.

@Lillie_ML