Adolf Hitler divulgaba “ideas poco originales de una forma original”, escribe el historiador Ian Kershaw es su obra Hitler (Ediciones Península). “Expresaba las fobias, los prejuicios y el rencor como nadie más podía hacerlo. Otros podían decir lo mismo, pero sin causar la más mínima impresión. Contaba menos qué decía que cómo lo decía”, escribe el también profesor de la Universidad de Sheffield. “Necesitaba la excitación orgásmica que sólo podían ocasionarle las masas extasiadas”.

Sobre el contenido de sus discursos, Kershaw escribe: “La simplicidad y la repetición eran dos elementos clave de su arsenal oratorio”. El molde temático variaba poco: la fortaleza de Alemania de un glorioso pasado, un estado actual enfermo en manos de traidores y los siempre judíos malhechores. Hitler tradujo el Acuerdo de Versalles como la “paz de la vergüenza” y no como el final de la Primera Guerra Mundial.

“Para Hitler, la propaganda era la forma más elevada de actividad política”, reflexiona Kershaw.

En los hechos no hay comparación entre Adolf Hitler y Donald Trump. Entre ambos existe un mundo multilateralista de por medio. Sin embargo, el ánimo divisorio de Trump es evidente: expresa fobias, prejuicios y rencores como cada vez más políticos lo hacen. No es tan importante lo que dice sino cómo lo dice. Sus expresiones son simples y repetitivas. En cuatro años no se le recuerda un discurso memorable desde el ángulo estilístico.

La historiadora estadounidense, Anne Applebaum, responde en entrevista con El Mundo que Trump, “en el fondo”, es una persona muy simple que no es difícil de entender (...) Ni siquiera creo que sepa ni le interese saber la diferencia entre una dictadura y una democracia” (11 de octubre).

En su reciente publicación, El ocaso de la democracia, Applebaum distingue entre las “mentiras de tamaño medio” en contraposición a las “grandes mentiras” de las que hablaba Orwell en 1984. Lo hace “en un intento de explicar que los autoritarismos de nuestra época, al contrario que los del pasado, no tienen grandes ideologías”, indica la autora de Gulag por el que ganó el Premio Pulitzer en el 2004. “Kaczynski, Orban o Trump, en lugar de ideología manejan un repertorio de teorías conspirativas diseñadas para que sus seguidores duden de las instituciones democráticas”. Applebaum ejemplifica su tesis con el caso de que George Soros está detrás de todo y que su plan es darle el poder a los musulmanes. Otro ejemplo es la difusión de la idea de que Obama nació en Kenia y que por lo tanto ocupaba la presidencia de Estados Unidos de manera ilegítima. “Alrededor del 25% de los estadounidenses cree que Obama no nació en Estados Unidos”, sentencia Applebaum.

“Los populistas-autoritarios usan el mismo método que Lenin para reemplazar a todas las élites, sean los medios de comunicación públicos, los tribunales, la Administración o las empresas públicas”, comenta.

Applebaum también se refiere a la nostalgia como medicina discursiva entre los populistas: “La nostalgia viene aparejada a procesos de modernización rápida que llevan a la gente a pensar que han perdido algo en el camino: la vida rural, la familia tradicional, las instituciones tradicionales”.

Trump retomará este lunes su campaña electoral después de permanecer 10 días entre un hospital y la Casa Blanca recuperándose del Covid-19.

Ayer 8 de octubre, dijo que es inmune al nuevo coronavirus, pero no dijo que en su último examen resultó negativo. El pasado lunes dejó el hospital y llegó a su casa dopado de dexametasona, un corticoide antiinflamatorio que puede provocar euforia. Frente a las cámaras de televisón se quitó el cubrabocas y se alistó militarmente al estilo Kim Jong-Un.

En ausencia de eventos públicos, a través de las redes no dejó de escribir mensajes, porque para Trump, Twitter es la única forma de hacer política.

¿Por qué Trump nunca menciona la palabra democracia?

Fausto Pretelin Muñoz de Cote

Consultor, académico, editor

Globali... ¿qué?

Fue profesor investigador en el departamento de Estudios Internacionales del ITAM, publicó el libro Referéndum Twitter y fue editor y colaborador en diversos periódicos como 24 Horas, El Universal, Milenio. Ha publicado en revistas como Foreign Affairs, Le Monde Diplomatique, Life&Style, Chilango y Revuelta. Actualmente es editor y columnista en El Economista.