Frente a un televisor HD en la Quinta Avenida en Nueva York, la gente ha decidido rendir culto. En La Plata, un par de amigos con mate opta por sentarse en el sofá y empezar una discusión que bien podría ser también la de Eduardo Galeano o Jorge Valdano; del otro lado, cerca del Atlántico del norte, sólo detrás de la Torre Eiffel, en la catedral de Colonia o cerca del Lago Ness, han dispuesto dedicar la noche a lo que para ellos es un acto de identidad; muy cerca del Canal de Suez, en Asmera, algunos cuantos adinerados gozan su poder con un control de canales para decir que hoy verán la Champions League.

Una tragedia de proporciones descomunales, Bolt, un Mundial, son pocos los acontecimientos en el mundo que unen al planeta para mirarle. En este cajón está la Champions, la llamada liga de la fantasía. Un torneo capitalista que nace en 1955 y que para la actualidad resulta ser una fiel imagen, detallada y hasta pulcra de las clases sociales.

Nada escapa al flujo de capital, salarios y precios, carga fiscal, política monetaria, derechos de propiedad privada, actividad del mercado informal, política de comercio, hay estándares que nunca cambian, siguen siendo éstos los mismos, como en 1986, como cuando estos puntos los enumeró el Índice de Libertad Económica.

Para algunos, una batalla de la teoría de libre mercado de Adam Smith o la lucha de clases de Karl Marx. Pero eso es mucho más seductor en un grado en el que el consumo parece una inversión deseada por las sensaciones y los sentimientos. ¿Con qué argumento decide usted no mirar un regate de Lionel Messi contra Real Madrid?

La Champions es un modelo económico de la realidad, una subeconomía dentro de otra, más de 20,000 millones de euros anuales se mueven en el torneo entre valor de plantillas, premios, patrocinadores, derechos de televisión. Sería el torneo un top 100 en un ranking de PIB nominal en el mundo, una cantidad de dinero que ya sea Afganistán o cualquier nación africana necesitaría para alimentar a su gente.

La Liga de Campeones es una batalla de clases sociales y nos gusta meternos en sus extractos, nos sentimos millonarios, clase medieros y algunos miran con cierto recelo a los poco poderosos. ¿Por qué amamos un torneo clasista?

Algunos son muy elegantes, de etiqueta, tan humildes que les parece insoportable la cordura de Andrés Iniesta en FC Barcelona, otros tienen el mismo taje Armani o Hugo Boss, pero se les odia porque así se prefieren mirar, como José Mourinho y Cristiano Ronaldo, como el Madrid.

¿De qué manera negarse al diabólico ego? Si apoyamos a un club como Manchester City que lo único que le hace falta son más habitaciones para llenarlos de los millones de euros que destilan. Queremos al torneo porque todos tenemos una dosis de Cristiano Ronaldo, somos arrogantes y vanidosos por genética y porque a muchos les encanta saber de los enigmas, como el casi impronunciable danés de FC Nordsjaelland.

La Liga de Campeones es una aventura casi épica. ¿Bate qué?, Bate Borisov, está en Bielorrusia. Quizás para estas alturas apenas sepa dónde está exactamente y le suena más asiático que europeo. Por son de esos azares del destino y de su buen juego, que los ha llevado hasta convivir y brindar con la socialité del futbol.

También nos gusta esta batalla de clases sociales porque tenemos nuestros propios intereses. En Libia, Kenia, Cabo Verde, Islandia, Congo, Perú, Macedonia, Armenia, México, Italia, Portugal, en cualquier latitud, hay un futbolista que jugará en la Champions y que representará a su país, son 80 naciones en 32 equipos.

A la Champions la amamos porque nos ofrece épica, sueños, identidad, diferencia, porque nos sentimos de un extracto social que, aunque no lo somos, lo hacemos nuestro.

Twitter: @ivanpm82