El nuevo gobierno de Hungría se puso a hacer política partidista sin tomar en cuenta las consecuencias para su país y para el resto del mundo. Es un hecho que la situación fiscal de muchos países europeos es delicada, en algunos casos son auténticas bombas de tiempo financieras. Pero poco ayuda un primer ministro como el conservador húngaro, Viktor Orbán, que aprovecha el momento de las definiciones económicas para atacar al gobierno que le precedió, de otro partido político.

Con la mira puesta en atacar al anterior ministro Gordon Bajnai, el Jefe de Estado húngaro dijo que la economía de su país está en una situación muy grave, al borde de la bancarrota. Eso es lo que escuchó el mundo. El resto de su alegato, de que ésa era la herencia del gobierno anterior, fue para el consumo interno.

Una vez que el gobierno húngaro vio el efecto de sus consideraciones en todo el planeta, tuvo que salir el jefe del gabinete a tratar de calmar las aguas. A decir que las palabras del premier podrían haber sido un poco exageradas y que tenían problemas, sí, pero todo bajo control y una salida menos drástica que declararse en quiebra.

El efecto fue terrible. El viernes los mercados entraron en pánico ante el desconocimiento de la condición real de las economías europeas. Sobre todo, las más débiles y que tanto aspiraban al desarrollo.

El peor de los coletazos lo sintió  España, que lucha entre su déficit, la guerra política entre izquierda y derecha, y la necesidad de credibilidad por parte de los mercados.

La competencia añeja entre el Partido Popular y el Partido Socialista Obrero Español fue durante muchos años por un quién da más . Que efectivamente dio resultados en el nivel de vida, pero que sembró una bomba fiscal que hoy deja sentir, si no su estallido, sí su radiación.

Total que el viernes, al calor del derrumbe bursátil, que en Madrid se apuntó un menos 3.8%, Mariano Rajoy, presidente del PP, comparó a España con Hungría y aseguró que es imposible hacerlo peor, en un claro ataque al gobierno de José Luis Rodríguez Zapatero.

No se quedó con las ganas de asegurar que el previsible regreso del PP a La Moncloa será la solución de los problemas de España.

Esos exabruptos, sean españoles, húngaros o republicanos, son parte de la política. Son a veces tan irresponsables, que como en el caso de Hungría son capaces de provocar pánico mundial. Pero al final, en la mayoría de esas naciones, las cosas suceden.

España, por ejemplo. Entre Rajoy y Zapatero, hay uno de los mejores duelos verbales políticos del mundo hispano. Pero en el Congreso español, las cosas suceden. No son pocos los cambios estructurales que ahora ocurren en ese país, los cuales son aprobados con el concurso de esos dos y otros partidos políticos minoritarios.

Y aunque la derecha española esté  en su mejor intento para adelantar las elecciones y la izquierda trate de contener el descontento social, tienen algo en común: son españoles. Lo saben y se cuidan como tales.

En México, no aspiramos a ver que los mandamás del PRI tengan un discurso más incluyente o que alguna parte de la izquierda salga en defensa de las políticas panistas. Pero, al menos la concepción de que todos somos lo mismo: mexicanos.

La ambición política es tolerable y deseable, si es consecuencia de cumplir con su responsabilidad. Pero la realidad mexicana es de parálisis, incluso ante lo urgente y eso es lo que tendríamos que cambiar.

La primera piedra

Lo más fácil ante cualquier iniciativa es la descalificación. Con las propuestas parlamentarias es la constante: todos los que no la presentaron se dedican a denostar las ideas de los otros.

Si la iniciativa es ciudadana, gana la mirada complaciente de las autoridades, pero difícilmente ve un apoyo real a sus planteamientos.

Si la iniciativa es del sector empresarial, la mirada de desconfianza es pareja. Gobierno y oposición, así  como muchos ciudadanos creen que detrás de cualquier planteamiento hay una inconfesable ambición.

La iniciativa que se presenta esta mañana tiene que romper con todo ese entorno de sospecha. No pretende ser la salvación, pero sí parte de la solución.

El principio es básico: la confrontación en la que vivimos los mexicanos es un camino seguro hacia la destrucción de nuestro potencial. La unidad, la tolerancia y el respeto hacia el otro son un cimiento indispensable para el país. Por eso la iniciativa de esta mañana lleva el nombre del país.