Al gobernador del Banco de México (Banxico), Agustín Carstens, se le ve tranquilo con el nivel de inflación actual.

Es más, se le ve confiado de que este año, como pocos, se podrá cumplir con la meta inflacionaria de 3%, más o menos 1 punto porcentual. Y con eso en mente, asalta a este brillante financiero otra preocupación: el desempleo.

Es cierto que el mandato único del Banco de México es cuidar el poder de compra de la moneda mexicana. Es cierto que sigue ausente la reforma legislativa que pudiera dotar de más atribuciones al banco central como, por ejemplo, procurar el empleo.

La Reserva Federal de Estados Unidos tiene las dos consignas, por eso es que se le ve en tantos enredos y, a veces, con medidas tan intrépidas como los planes de liquidez extraordinarios.

Pero Banxico podría poner de su parte sin descuidar su mandato. Podrían bajar las tasas de interés como una forma de contribuir desde el precio del dinero a fomentar el dinamismo económico.

No es posible olvidar que en buena medida el derrumbe económico del 2009 se debió a una de las más ortodoxas políticas monetarias aplicadas en la historia de un banco central.

Guillermo Ortiz defendió la baja de los niveles inflacionarios con afanes caninos. Y, si bien lo logró, el costo en el freno económico fue importante.

El mismo Carstens, desde Hacienda, y Calderón, desde Los Pinos, le reclamaron al entonces Gobernador del banco central la insensibilidad de no apoyar la economía con una baja en las tasas de interés.

Este evento al final le pudo haber costado a Ortiz su reelección al frente del Banxico. O quizá, como ya sabía que no repetiría, se aferró a la ortodoxia y, de paso, a su corazón opositor.

Por eso es que hoy que Agustín Carstens deja ver que la inflación no le preocupa pero la falta de creación de empleos sí, y empiezan las especulaciones.

Hasta hoy es un asunto propio de los analista financieros. Se cruzan apuestas en torno de una posible baja en la tasa de interés de referencia en la siguiente reunión de la Junta de Gobierno de esta semana.

Los analistas calculan en función de las presiones futuras de los mercados externos y de las variables que pueden presionar los precios; sin embargo, el componente electoral queda un tanto fuera de su análisis.

¡Pero cómo olvidar que en menos de 70 días hay elecciones!

Son tiempos en que no vuela una mosca sin que se le busque alguna razón político–electoral.

Al presidente Calderón se le ocurrió, como cada año, enviar una carta a los contribuyentes que presentaron su declaración anual, agradeciendo el gesto tan patriótico de pagar a tiempo las contribuciones. Y el IFE consideró que el Mandatario era un infractor electoral.

¿Cómo no ver alguna especie de intención electorera en el concierto gratuito en el Zócalo de Paul McCartney o cualquier Presidente municipal instalando una feria en la plaza del pueblo?

Entre el sospechosismo nacional y la vocación del político mexicano de entregarse de lleno a la búsqueda del poder electoral, no es difícil contabilizar muchos casos extraños.

Resulta que la decisión del Banxico de reducir las tasas de interés, en un afán de procurar un mayor dinamismo económico, podría ser fácilmente leída como una contribución electoral.

Y como en la lectura simplona la beneficiaria sería la candidata del partido en el gobierno, habría acusaciones de intervención del gobierno en la autonomía del banco central.

Seguramente, en la conferencia matutina de uno y en las declaraciones bien escritas del otro se hablaría de la cohesión del gobierno federal al banco central.

Lo que no alcanzarían a ver es que una medida de estas características no tiene un impacto inmediato. Vamos, si el viernes bajan las tasas, antes del 1 de julio no habría efecto notorio alguno en los bolsillos de los que van a votar.

Si el banco central ve margen de maniobra para bajar las tasas, debería hacerlo, porque sus consideraciones son técnicas.

Sin embargo, no deberían dejar de ver en la reunión de expertos el factor electoral y el costo que pudiera tener para una de las instituciones que mejor prestigio ha construido en los últimos años.

Porque, es un hecho, no son pocos los políticos que prefieren la parálisis antes que perder una oportunidad de poder.