Las elecciones en Estados Unidos pueden poner hoy un freno al desastroso curso impulsado por el presidente Trump en los ámbitos nacional e internacional. De ganar una mayoría en la Cámara de Diputados, el Partido Demócrata podría constituir un contrapeso a la política de odio instigada por un mandatario propenso a la mentira, la descalificación y la incitación al odio.

La retórica maniquea de este mandatario, demagogo, misógino y racista, ha tenido ya terribles consecuencias para cientos de personas, asesinadas, amenazadas o acosadas, pero afecta de hecho tanto a la sociedad norteamericana como al resto del mundo. La estigmatización y criminalización de grupos enteros por no ser blancos, nacidos en Estados Unidos, cristianos o simplemente seguidores de ideas conservadoras, favorece la demonización de millones de esos “otros”, vistos como enemigos por quienes se sienten parte de un “nosotros” identificado con el “salvador de la Nación”.

Si bien el paso de la discriminación a la violencia no es lineal, ni todos los crímenes de odio sucedidos en Estados Unidos pueden atribuirse al discurso trumpiano, discriminación y violencia son dos caras de la misma moneda. Así lo demostró la política hitleriana, paradigma de la política del odio, y así también, a lo largo de la historia estadounidense, el exterminio de indígenas, los linchamientos de afroamericanos y, menos letal pero igualmente nefasta, la persecución macartista durante la guerra fría.

La construcción del “enemigo” como estrategia para ganar seguidores y votos ha llevado a Trump a estigmatizar a musulmanes, periodistas críticos, afroamericanos, latinos, y, en vista de las elecciones, a los centroamericanos en particular. El envío de paquetes explosivos a personajes connotados y la masacre en la sinagoga Árbol de la Vida son sólo algunas consecuencias de estas denostaciones.

En otro contexto, la configuración del éxodo migrante como hordas “invasoras” dispuestas a ingresar por la fuerza a Estados Unidos, financiadas por magnates judíos como Soros, y “bienvenidas” por el partido demócrata, parecería producto del delirio paranoide de un desequilibrado. El problema es que el autor de esta burda ficción es el presidente del país más poderoso del mundo, donde es más sencillo comprar una AK47 que antibióticos, y donde la ignorancia o el resentimiento social favorecen la credulidad, fomentada por medios conservadores.

Así, la Caravana Migrante que apenas va llegando a la Ciudad de México en un doloroso caminar aparece en el imaginario nacionalista blanco como nuevo enemigo a vencer. Quienes creen que en esa multitud van terroristas islámicos, pandilleros, criminales, no sólo son víctimas del uso del miedo como instrumento de control. Su temor actual se enlaza también con el discurso de odio con que se justificaron, a raíz del 11/09/2001, la guerra contra Afganistán y luego Irak, así como la aprobación del “Acta Patriótica” que permitía vigilar casi a cualquiera.  En esos años, el miedo llevó a muchos a desconfiar de quien les pareciera “distinto”, y a otros a no expresar en público crítica alguna a su gobierno.

A unos días de la masacre en Pittsburgh, perpetrada por un seguidor de los dichos falsos de Trump, el ensañamiento de éste contra la Caravana Migrante alentó a otros individuos a organizarse para “defender la patria”, ahora en su frontera sur. Como si no bastara el envío de 800 o más militares a reforzar a la patrulla fronteriza y la guardia nacional (en un uso electorero que algunas voces militares han criticado), hombres armados, menos disciplinados y entrenados que el ejército, se aprestan a detener la “invasión”. ¿Sabrán las milicias que el presidente modificó la amenaza de disparos contra piedras por la detención masiva? ¿Se ubicarán en la realidad o seguirán el guion de sus juegos de guerra virtuales?

El éxodo migrante, compuesto de seres humanos vulnerables, en gran parte niños y niñas, merece solidaridad y refugio, no más violencia y dolor.

Ojalá hoy la ética, la cordura o el pragmatismo derroten a la política del odio y el miedo.

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Lucía Melgar

Crítica cultural

Transmutaciones

Es profesora de literatura y género y crítica cultural. Doctora en literatura hispanoamericana por la Universidad de Chicago (1996), con maestría en historia por la misma Universidad (1988) y licenciatura en ciencias sociales (ITAM, 1986).