México es un país desafortunadamente de enormes contrastes, en los que una capa importante de la población carece de lo más elemental para llevar una vida digna satisfaciendo alimento, vivienda y educación.

Sorprende, por supuesto, la insensibilidad de la clase gobernante, partidos políticos incluidos, y de las capas medias y altas de la población, ajenas absolutamente al sufrimiento de millones de compatriotas.

Del presupuesto federal, miles de millones de pesos se aplican a frivolidades que sólo nos hablan de ineptitud colectiva. Por poner un ejemplo, sólo los recursos que se gastan en los seguros médicos de nuestros legisladores y de la alta burocracia, sin contar con pagos por teléfonos celulares, comidas, gastos de representación y demás lujos innecesarios, servirían para fortalecer los programas de salud y la creación de polos de desarrollo rurales.

En este año llevaremos a cabo el proceso electoral más caro en la historia del país -y probablemente del mundo-, considerando solamente lo que se puede contabilizar como gasto directo, a lo que hay que sumarle lo que todos los candidatos gastarán en camisetas, gorras, pendones, espectaculares, centros telefónicos de promoción y demás herramientas de la mercadotecnia electoral, que los mexicanos sufriremos a lo largo de los próximos meses y -por supuesto- pagaremos, directa o indirectamente, para que un pequeño sector de la sociedad se dispute las posiciones del poder.

La sombra de 52 millones de pobres cubrirá este dispendio. Según el Informe y Evaluación de la Política y Desarrollo Social 2011 , 46.2% de la población del país se encuentra en un estado de pobreza ofensivo. El número de mexicanos en situación de pobreza aumentó en más de 3 millones de personas: 11.7 millones de mexicanos se encuentran en el nivel de pobreza extrema.

Para colmo, la pobreza aumentó en entidades federativas con grandes recursos naturales, industriales y turísticos, como Veracruz y Guanajuato. El país padece una falta de crecimiento económico y los pobres se diluyen de la vista de quienes ostentan el poder, refugiándose, como siempre, en las zonas rurales y suburbanas.

Los 52 millones de pobres son más que suficiente para provocar una rebelión extrema en el país. Su condición de ignorancia les impide organizarse y asumir su conciencia de clase. No es éste un discurso revolucionario marxista, sino una descripción de la realidad que tiene este país.

Hay más desigualdad que en 1910, pero los sistemas de control de las sociedades modernas impiden que millones de personas suban a las zonas habitacionales de los privilegiados y tomen, sin más, por asalto sus viviendas.

Como en 1910, este país continúa siendo gobernado por un pequeño grupo que ha logrado también controlar a los gobernantes en turno. Los negocios se hacen en esta cúpula social y definen, incluso, programas y acciones de gobierno que aparentan beneficio social pero que, realmente, tienen como finalidad principal la creación de negocios particulares.

Si no resolvemos estas enormes contradicciones, en algún momento nuestra sociedad tendrá una crisis cismática y se violentará con resultados impredecibles.

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