La paraestatal es una corporación del siglo XX a la que se le han realizado injertos de modernidad, pero que no termina de ser contemporánea de la era en que vivimos.

Encontrar petróleo es difícil, pero explotarlo es más difícil Sobre todo si te llamas Pemex y el yacimiento está a miles de metros debajo de la superficie.

El hallazgo del primer tesoro en aguas profundas en el Golfo demuestra que el gobierno tenía razón en una de las principales premisas de la reforma energética que promovió en el 2008: los grandes yacimientos del futuro están en las profundidades del mar. Esa premisa debe orientar la transformación de la petrolera mexicana.

La zona del cinturón plegable de Perdido contiene reservas que están en el rango de 4,000 a 10,000 millones de barriles. Son equivalentes a un tercio de las reservas actuales de Pemex y constituyen el segundo mayor hallazgo en América Latina en un lustro, sólo superadas por las realizadas por Petrobras en el 2008. Lo que sigue es la perforación en otras zonas dentro de Perdido para incrementar el área de descubrimiento y delimitar la zona de mayor potencial de producción, de acuerdo con Carlos Morales Gil, director de Pemex Producción y Exploración. Last but not least, está enfrente el enorme reto del diseño de la estrategia de explotación del tesoro.

México no tiene la tecnología, tampoco la experiencia de los recursos humanos en el desarrollo de proyectos de producción en aguas profundas. Estamos hablando de un sistema de yacimientos que se encuentra a 4,500 metros por debajo de la superficie, cuando los mejores resultados de Pemex han sido en aguas someras, a 100 metros o menos de profundidad. Se puede comprar la tecnología con relativa facilidad, pero en el caso del capital humano, es más complicado. Una de las grandes ventajas competitivas de Petrobras radica en la gran cantidad de gente capacitada en el desarrollo de proyectos en aguas profundas.

Más allá, el marco jurídico está lejos de ser el idóneo. Los contratos incentivados que se legislaron luego en la reforma del 2008 no son precisamente un caramelo para atraer inversionistas. Son como un recordatorio jurídico de la ambigüedad mexicana frente a la inversión privada en petróleo: la queremos pero la rechazamos o viceversa.

La explotación del sistema de Perdido requiere una empresa del siglo XXI. Pemex es una corporación de la primera mitad del siglo XX a la que se le han realizado injertos de modernidad, pero que no termina de ser contemporánea de la era en que vivimos. Es una compañía que no garantiza la aplicación de las mejores prácticas disponibles en la segunda década del tercer milenio.

Serán necesarios cinco o seis años más para que se pueda extraer el primer barril de crudo de la zona, estima Juan José Suárez Coppel, director general de Pemex. El presidente de la Comisión Nacional de Hidrocarburos, Juan Carlos Zepeda, habla de un periodo más largo. Calcula entre ocho y 10 años.

Lo que toca ahora es prepararnos para administrar la abundancia, podrían pensar algunos optimistas luego de leer los reportes del descubrimiento. Con algo de mesura, podríamos matizar diciendo que lo único seguro que tenemos es un incentivo mayúsculo para transformar Pemex. Tal y como está, no podrá explotar a plenitud el tesoro de Perdido. El reto es que esta zona pueda producir lo suficiente como para compensar el declive de los campos de Cantarell y Ku Maloob Zaap. No es poca cosa; afortunadamente, hay una gran corriente en favor de reformar Pemex.

lmgonzalez@eleconomista.com.mx